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Algo falla. Hay un bebé, nuestro bebé.

Es un milagro. El médico, la enfermera, el taxista, los vecinos, los familiares y hasta el señor del banco nos han felicitado con voz mimosa. “Tiene tus ojos”, dicen. “Qué guapo”. [¡Y vaya si es verdad!] Pero un montón de pequeñas cosas van haciendo que poco a poco dejemos de sonreír. “¿Dónde está mi cuerpo, el de antes digo? ¿Por qué llora todo el tiempo? ¿No lo hago bien? ¿Seré peor madre que mi madre?...” 

Crear un niño es algo mágico y maravilloso, pero que consume muchísimas de nuestras energías. Durante nueve meses nuestro organismo ha estado evolucionando para nutrir y desarrollar esa vida que crecía dentro de nosotros. Todo, todo se lo llevaba él que ha sido capaz de poner nuestros estrógenos por los aires hasta hacernos llorar “porque atardece”, o “porque sale el sol” o “porque se me cayó la cuchara y no puedo recogerla...”.

El bebé nos ha puesto al límite, mental y físicamente. Y el aterrizaje ahora no es nada fácil. Se junta el cansancio que llevamos con un bebé que nos reclama a llantos infinitos toda su atención. 

Cansancio y exigencias con un cuerpo aterrizando. ¡Cómo no se nos va a ir poco la cabeza!

“Recuerdo que cuando tuve a Dani” cuanta Diana, una joven madre de León, “sentía cosas contradictorias: por momentos adoraba a mi bebé, y era la persona más feliz del mundo, pero luego había ratos en que, sinceramente, aún me dolía todo el cuerpo y solo oír el llanto del niño me enfadaba muchísimo”. Diana nos da una pista: “¡El pobrecito de mi marido! Acabábamos de ser padres, él estaba todo feliz, y su mujer le quería matar por cosas tan crueles como traerme el yogur sin ponerle el azúcar”.

Todos los principios son muy duros: el 80 % de las madres sienten tristeza, melancolía y apatía en las semanas que siguen al parto, así que si ese es tu caso, “perdónate”, entiende que lo que ocurre es de lo más normal, y no le des muchas vueltas: ahora lo único que hay que hacer es pedir socorro.

Muchas madres al sentir que las cosas no salen bien desde el principio empiezan a sentirse culpables, les entra la ansiedad y quieren darlo todo (incluso las fuerzas que ya no se tienen) para que las cosas salgan bien... y si no se consigue empiezan a pensar que lo están haciendo mal, que son malas madres y que sería una vergüenza compartir estas debilidades con los demás.

Lo primero es dejarse ayudar: sin ánimo de ofender, no estás en condiciones de preocuparte de todos los detalles. Tienes que decirle a los tuyos cómo te encuentras y no te sobreexpongas a más esfuerzos: el trabajo, la casa, o incluso el propio cuerpo pueden esperar. Ahora lo único urgente es que “trabajes” en descansarte, que hagas lo necesario para que te repongas, tanto física como psíquicamente. 

Nadie nace sabiendo, y tu tampoco. Así que si tienes que preguntar, hazlo. Y no pienses ni por un momento que tu eres peor madre que las demás: TODAS han pasado por donde tu estás. Incluso los peores pensamientos, sentimientos y situaciones que te puedan ocurrir ahora, alguna mujer que resultó ser una madre magnífica los ha tenido antes que tu.

Lleva su tiempo encajar con armonía todas las novedades (comidas, sueños, cansancios, ganas de salir, ganas de gritar, ganas de reír y olvidarse un rato), pero se consigue. Solo tienes que aceptar que tu sola no vas a poder con toda esta marabunta, que necesitas mucha ayuda.

Es el momento idóneo para que alguien venga a casa a encargarse de las cosas del día (la abuela, la hermana, el marido, o quien nos pueda ayudar); ya que al principio tu única meta va a ser tranquilizarte, darte cuenta de la nueva situación, asimilarla y eliminar toda ansiedad o frustración: ya estamos aquí, y solo nos queda pensar en como hacerlo cada día un poco mejor.

Poco a poco te irás haciendo a la nueva vida que te espera. Cuando tu estado te lo permita, no estaría mal que te juntases con otras madres en tu misma situación (compañeras en el hospital, amigas, grupos de “escuelas de padres”), y si no puede darse el caso, el tener siempre cerca de tu madre o a otras madres de confianza, te aliviará mucho. 

Lo fundamental ahora es que no te aísles si en las primeras semanas después del parto ves que todo el mundo a tu alrededor está muy contento y tu notas “sentimientos” diferentes. No estás fuera de lugar: como hemos visto, son muchas las causas que ahora hacen que tu no puedas sentir esa felicidad. Descansa y todo volverá a su sitio.

Julia Rubio.

Nuestra opinión:

Tu hijo te necesita, Aunque ya no esté en tu tripa, depende de ti tanto como antes. Aunque no comprenda las palabras que digas, desde el principio él está pendiente de todas las emociones que tu transmites. La naturaleza le ha enseñado que su única referencia en este mundo es su mamá. Tu cariño en esta fase es vital: es una hoja en blanco, y las primeras marcas de esa hoja van a marcar el resto.

Hace unas semanas os hablábamos de que los científicos habían llegado a comprobar que el cariño que le mostramos al niño en esta primera fase de su vida puede influir incluso en la salud que tenga el resto de su vida: si se siente protegido y querido, crece fuerte, si no, puede tener problemas. El afecto ahora es para él parte fundamental de su dieta diaria. Lo necesita. Te necesita.

Hace poco un estudio de la Universidad de Cardiff explicaba que los bebés que perciben dudas y rechazo por parte de sus padres, tienden luego a ser más agresivos y violentos. Lo que ahora le damos él lo multiplica por mil, tanto lo bueno como lo malo.

Por eso, sin animo de atosigar, que ya sabemos lo difícil que son para todos los comienzos, debes recordar que para ese pequeño que depende de ti, el parto tampoco ha sido cosa fácil para él, que también ha tenido sus angustias y que todo esto es un mundo nuevo para él.

Llevamos pariendo desde el principio de los tiempos, así que ni por un momento te sientas sola: lo que acabas de vivir te une, con lo más profundo, a una nueva comunidad, la de los padres, la de los que dan vida y forman el futuro de este mundo. Es una de las tareas más duras y difíciles, pero también una de las que más gratificaciones te dará. Ver a tu hijo sano, riéndose, o recibir un beso suyo... son cosas que no tienen precio, y que las vas a vivir. Te enfrentas a nuevas dificultades, es verdad, pero también vas a vivir nuevas felicidades que te llenarán por dentro de una forma que no podrías imaginar. ¡Bienvenida, ánimo y cuenta con nosotros! 

Somos Padres, y te vamos a ayudar.

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Aún agotada, ves como poco a poco se acercan familiares, vecinos y amigos a animarte y a vera tu criatura, ese ser de carne y hueso que estaba dentro de ti.

Algunos padres esperan a la primera ecografía, otros no la necesitan, pero todos nos pasamos meses y meses fantaseando con el aspecto que tendrá el bebé, nuestro bebé, ese que ahora ven todos y todos le sacan un parecido con el padre, con la madre y hasta con el tatarabuelo.

¿Es posible que un recién nacido, con lo pequeño y renacuajo que es, pueda tener la misma sonrisa que su padre? ¿Y es posible que algunos vean la sonrisa padre y otros la de la abuela materna?

¿Quién tiene razón? Pues todos.... y ninguno. ¿Puedo anticipar cómo será el niño? Por poder, se puede, pero la cosa es bastante complicada, incluso en esos casos donde todos los miembros de una familia tienen el mismo rasgo, por ejemplo, unos ojos muy grandes. Un nuevo miembro de esa familia puede continuar la tradición, pero "no está obligado" a ello.

Como advierte Nicole Philip, un médico francés especializado en genética, las reglas de la herencia dejan siempre espacio para que el hijo sea diferente a los demás. "No podemos decir, como se ha mantenido durante mucho tiempo, que dos padres con los ojos claros no pueden tener un hijo de ojos marrones. Cuanto más se investiga en genética, nos damos cuenta que las cosas son más complicadas".

¿Significa esto que los médicos dicen los niños no se parecerán a sus padres? Para nada. Todos somos hijos y sabemos que algunas cosas de nosotros (una forma de torcer la boca, una nariz, unas orejas...) son "igualitas que las de tu padre", como nos habrán repetido a lo largo de toda la vida [y como a su vez le repetirán a tu hijo].

Vayamos al origen de todo, al espermatozoide y el óvulo. Cada una de estas células lleva 23 cromosomas, así que cuanto se juntan suman 46 cromosomas, o moléculas de una cosa que tiene un nombre feísimo: ácido desoxirribonucleico, al que vamos a llamar un poco para facilitar las cosas "ADN".

Estas moléculas de ADN tienen forma de collar, pero son unos collares con muchas, muchísimas perlas o "genes". Papá, mamá, cada uno de vosotros pone en su descendiente entre 30.000 y 50.000 genes, y cada uno de estos genes va a hablar un poco de cómo va a ser el cuerpo del niño. A lo mejor papá tiene unos genes que dicen que el niño tendrá mucho pelo, que además será sedoso y rubio, y que los dedos serán delgados y alargados, pero esos genes ahora se tienen que combinar con los de mamá, que en esto como en otras cosas, lo mismo le da (a sus genes) por llevar la contraria y decir que no, que el niño tendrá el pelo castaño y los dedos gorditos.

Si ya es difícil ponernos de acuerdo cuando discutimos con palabras, ¡cómo no va a serlo cuando discutimos con genes!

Pero aún hay más. Resulta que a la hora de "hacer" un bebé, no solo van a discutir los genes del padre y de la madre. En su día, cada uno de vosotros recibió a su vez al menos 30.000 genes de vuestros padres. Si, por ejemplo, el abuelo tenía los ojos azules mientras que la abuela negros, y el hijo (es decir, vosotros) salió con los ojos negros de su madre, pues cuando procreéis vosotros aún llevaréis genes del padre que cuando te pongas a hacer un hijo, seguirán ahí, intentando convencer al resto de genes de que lo que hay que hacer es que el niño tenga los ojos azules (como el abuelo).

Esto es sobre el abuelo, pero aún queda información genética de los bisabuelos, de los tatarabuelos y de... Parece complicado, pero para resumirlo en una frase: cada parte del cuerpo de tu hijo será el resultado de combinaciones (casi infinitas) entre la información de cada padre, madre, abuelos, tatarabuelos... Todos estamos hechos con trocitos de nuestros antepasados.

Bueno, eso, y otra cosa más, porque si ya nos estábamos aclarando, ahora hay que tener en cuenta otro factor: el medio ambiente donde se dan cita los genes. Hemos dicho que los dichosos genes se juntan y discuten a ver cuál de ellos domina y cuales otros toman el papel de "recesivos" (es decir, que no dirán cómo es el niño, pero intentarán imponer sus ideas cuando ese hijo intente a su vez tener otro hijo). Pero a la hora de decidir también influye el sitio donde discuten. Los genes llegan todos y se juntan en una célula, pero hay algunos que se sentirán más cómodos en esa célula (y por tanto podrán "chillar" mejor las características que defienden), mientras que otros genes ya de entrada no se sentirán bien en esa célula (por lo que tendrán más problemas para imponerse).

Incluso hay algunos genes "chaqueteros" que, después de estar un ratito en la célula, pueden cambiar de opinión y decir que el niño tenga los ojos marrones aunque toda su familia los tenga azules (estos genes "traidores" son los más escasos, pero también los hay).

¿Qué nos queda de todo esto? Pues algo muy bonito de esta vida, y es que los niños son todos diferentes y no hay dos personas en el mundo que sean iguales porque cada uno combinamos de una forma diferente esa información de nuestros antepasados. Eso y que cada parte de nuestro cuerpo tiene una forma que nos es dada por los padres, y por los padres de los padres, y así sucesivamente.

Estamos unidos a nuestros antepasados, y no solo por el apellido: nuestro cuerpo, de alguna forma, es el resultado de ellos.

/Ramón Muñiz Abad/

Para saber más:

Genotipo y Fenotipo. Con estas dos palabrotas podeos explicar por qué incluso si dos niños tuvieran la misma combinación genética, con el tiempo irían haciéndose cada vez más diferentes. Esto es algo que les pasa a muchos hermanos, y simplemente significa que evolucionamos de formas distintas.

Dos personas, por ejemplo, pueden haber nacido con unos genes que dicen que van a tener una constitución normal, pero que si se alimentan mal se convertirán con facilidad en obesos. Pues bien, en este caso, el que coman cosas diferentes, va acabar haciéndoles cada vez más diferentes (aunque naciesen igual, si uno come sano y el otro se descuida, a base de alimentos se harán distintos). Eso por la alimentación, pero pasa lo mismo con la masa muscular. A lo mejor dos hermanos adolescentes son muy diferentes porque uno está fuerte y el otro es más bien delgado y débil. Esa diferencia no tiene por qué venir de que uno se haya llevado mejores genes que otro, sino que puede ser simplemente que ese chico ha estimulado mejor su desarrollo muscular haciendo más deporte que su hermano.

Por eso los científicos hablan de un genotipo (las características con las que nacemos), pero también hay un fenotipo (cómo hacemos luego evolucionar a esas características iniciales según nuestros hábitos...).

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