Es más fácil que nos fijemos en lo que hace mal un niño que en lo que
hace bien.
Los padres estamos tan ocupados, que damos por
sentado que la buena conducta se ha de dar por que si y que está
garantizada con nuestra presencia.
Cuando las cosas van mal
sacamos a relucir otro montón de “fechorías”, cayendo en el error de
la crítica acabando todos sintiéndonos fatal.
La crítica constante combinada con algún elogio da otros resultados. El
niño llamará nuestra atención para conseguir la recompensa como
sea. Si el modo de enfocarlo es negativo, usará medios negativos para
llegar a nosotros. Pero si nos concentramos en los “hechos positivos” se
conseguirá una mejor conducta como respuesta, porque de este modo
el niño obtiene más atención que es lo que en definitiva buscamos
todos.
Si no estamos acostumbrados a elogiar, puede resultarnos difícil al
principio, pero cuando más se aplica, más natural y fácil es.
Enseguida comprobamos que los elogios son una influencia tan
poderosa que solo con unos pocos se pueden lograr nuevas conductas
y con un poco menos se mantendrá el cambio. Quizá temamos que los
niños se acostumbren y dependan del elogio (o recompensa), es
posible que actuando de forma indiscriminada se pueda provocar
algún problema en niños inseguros o que hayan sido siempre el centro
de atención. Pero sabemos por experiencia que son más los que no
reciben bastantes, que los que reciben demasiados. Si se usan ciertas
directrices para aplicarlos, comprobaremos que es una técnica de
disciplina muy eficaz.
Elogiar adecuadamente: Abrazos, besos y otras señales de
afecto son muy eficaces. Si el niño es tímido utilizaremos
“signos secretos especiales”, un guiño o levantar el pulgar le
harán notar que lo ha hecho bien. A veces un comentario
sobre su comportamiento será suficiente, aunque parezca
que no le dan importancia, si el hecho se repite de forma
adecuada, comprobaremos que si le ha llegado el mensaje y
que es eficaz. No debemos olvidar que todo el mundo se
cansa de las cosas buenas si se tienen demasiadas. Hay que
ser creativo y cambiar de frases y efusiones, por ejemplo
elogiarle delante de un amigo o familiar. De vez en cuando
los elogios se pueden acompañar de un pequeño premio.
Elogiar inmediatamente: Son más eficaces si se producen en
el momento del hecho bien realizado. No debe pasar mucho
tiempo sobre todo si son pequeños. Podemos acompañarnos
de anotaciones donde los niños vean la progresión de sus
conductas y aplazar las recompensas a cierto tiempo.
¿CÓMO RECOMPENSAR?
Las recompensas de conductas deseables actúan como refuerzos
que hacen que el niño se sienta bien por lo que ha hecho y quiera
repetirlo. Proporcionan motivación. Por ejemplo, la primera vez
que un niño dice “papá o mamá” sus padres le llenan de caricias
y besos y la primera vez que se subió a una silla y cogió la caja
de galletas la recompensa fueron las galletas.
No es fácil la
elección de una recompensa apropiada para cada conducta. Es
una labor poco menos que de detectives, sentido común y un
poco de imaginación para detectar qué le puede gustar más al
niño en cada momento. Si podemos preguntarles mejor, pues
mantendremos nosotros el control de la selección.
¿CÓMO CASTIGAR?
Todos tenemos firmes opiniones sobre el castigo y todos, lo
admitamos o no, utilizamos el castigo como forma de enseñar al
niño la conducta adecuada. Si le mandamos a otro cuarto, le
restringimos el tiempo de juego o de ver la televisión, le retiramos
el juguete que más quiere o le decimos con firmeza ¡eso no! ,
estamos empleando los principios del castigo para modificar
conductas.
Sería maravilloso poder educar a los niños sólo con técnicas
positivas pero no es posible. Para enseñarles patrones de
conductas deseables hay que utilizar tanto consecuencias
negativas como positivas.
El castigo no debe considerarse como bueno o malo. Pero si es
importante hacer un uso “eficaz y racional” de él, con una buena
técnica. De forma aislada no produce buenos resultados. Enseña
al niño lo que no debe hacer pero no le da pautas de lo que sí
debe hacer. Cuando se utiliza aislado, sin equilibrio de refuerzos
positivos para las conductas adecuadas, no enseña al niño como
remplazar la mal conducta por otra buena.
“El rincón de pensar”: Se puede llamar de mil formas pero
básicamente consiste en apartar al niño de una actividad o
situación, sin recibir elogios o atención. Como técnica de castigo,
puede ser muy eficaz si se utiliza correctamente:
Elegimos cuidadosamente el lugar de “retiro”. Tiene que ser
un sitio aburrido (no cruel ni oscuro), apartado de la
actividad escolar o familiar. Lo importante es que el niño
prefiera estar con nosotros en lugar de donde se le manda.
Se le explican al niño las “reglas” de estar en ese rincón.
Solo se ha de mandarle para cambiar un comportamiento
incorrecto. Cuando haya cambiado ese comportamiento
utilícelo para cualquier otra cosa.
Se asigna un tiempo máximo de permanencia. Largos
periodos de permanencia son inútiles, pues provocan
resentimiento y no mejoran la conducta. Como norma deben
estar tantos minutos como años tenga y a partir de 5 años
añadiremos un minuto más a esa edad.
¿CÓMO ESCUCHAR Y HABLAR CON EL NIÑO?
Queremos que nuestros niños compartan sus pensamientos y
sentimientos para poder ayudarles y comprenderles en las crisis
de la vida. Queremos que se expresen apropiadamente en lugar
de manifestar sus sentimientos de forma destructiva. Y queremos
que nos escuchen y oigan lo que se les dice.
Pero no nacen sabiendo cómo expresar lo que les pasa de forma
apropiada. Ni tampoco están automáticamente preparados para
escuchar lo que se les dice o pide. Debemos plantearnos los
adultos también nuestras habilidades comunicativas…
¿Cómo hablarles cuando se hacen los sordos? No están sordos,
simplemente es una tendencia a desconectar hasta que nuestro
volumen de voz les advierte que la cosa se pone seria. Para
acabar con este problema proponemos “decir siempre lo que
pensamos, pero antes haber pensado lo que decimos”. Es decir,
elegiremos con cuidado las palabras y después las apoyaremos
con acciones que las refuercen, justas, consecuentes y con sentido.
Para que aprendan:
Establecemos contacto visual. Hay que asegurar que el niño
nos mira cuando le estamos hablando.
Hablaremos con voz sosegada y firme. Sin ser severos o a
gritos, pues aprenderán a desconectar hasta que el tono
llegue al máximo.
Evitaremos preguntas en lugar de afirmaciones. Seremos
claros y definitivos indicando exactamente lo que queremos
de él, qué ha de hacer, dónde, cuándo y cómo.
Utilizaremos frases sencillas. Las instrucciones largas y las
explicaciones muy argumentadas hacen que el niño pierda
interés o se olvide de lo que se ha dicho al principio.
Decir siempre lo que pensamos. Debemos explicarles qué
sentimientos nos producen sus acciones, no criticarles sin
más…