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El buen comportamiento en público


Las visitas y los niños

Con frecuencia, las salidas a lugares públicos o las visitas con niños pueden convertirse en situaciones comprometidas, en las que nuestros hijos pueden sorprendernos con conductas a las que no estamos acostumbrados. Para empezar, conviene analizar qué sucede en estas situaciones y porqué suelen convertirse en situaciones "difíciles".

Existen varias razones, condicionadas tanto por el medio como por las personas implicadas en ellas, que pueden poner a nuestros hijos más nerviosos de lo habitual. En primer lugar, suelen ser situaciones fuera de su contexto y de la rutina a la que están acostumbrados. Pueden ser situaciones que no les resulten agradables, en las que se aburran o, simplemente, que estén poco preparadas para que participen los niños. Todo esto, les exigirá un control y comprensión por encima de sus posibilidades.

Nuestro comportamiento en lugares públicos también está condicionado y, probablemente, es distinto al que el niño está habituado. Generalmente, en estas situaciones, no actuamos de la misma manera que lo haríamos en casa. Ante una actitud caprichosa o cualquier otro comportamiento inadecuado, para evitar que nos ponga en evidencia, cedemos más fácil y rápidamente a sus demandas, y esto provoca que el niño aprenda e, inevitablemente, intente aprovecharse de estas situaciones.

El buen comportamiento en público

Podemos recurrir a diferentes estrategias para que las salidas se conviertan en situaciones más agradables.

En general, intentaremos que los niños no pasen, sobre todo si son pequeños e inquietos, un excesivo tiempo sometidos a estas situaciones. Dos o tres horas en el supermercado o en la consulta del médico provocará, con toda seguridad, cansancio y nerviosismo a cualquier adulto y, con más intensidad, a un niño.

Si nuestro hijo no está acostumbrado a estas situaciones, es preferible someterle a ellas durante breves periodos de tiempo hasta que se habitúe. Por ejemplo, si no suele venir de compras con nosotros, lo mejor es llevarle un día a comprar el pan, otro a comprar el periódico, etc., antes de que nos acompañe a unos grandes almacenes durante toda una tarde.

Si nos anticipamos a la situación, es probable que no surja el problema. Por ejemplo, si debemos someter inevitablemente al niño a una larga espera, por ejemplo, en la sala de espera del médico, lleve algún material para entretenerle: un cuento, un muñeco, lápices y un cuaderno de colorear, tebeos, etc. En estas situaciones, en las que el niño debe permanecer mucho tiempo sentado, sea consciente que es imposible evitar que se mueva. Tanto para él como para nosotros, será más fácil responder adecuadamente si le marcamos y dejamos claro los límites entre los que puede moverse. Por ejemplo, puede levantarse a coger revistas, a pintar si hay una mesita auxiliar cerca, etc. pero no podrá salir de la sala de espera.

En otras ocasiones, hacer al niño partícipe y responsable de la actividad que se realiza, en la medida de sus posibilidades, puede evitar un comportamiento inadecuado. Por ejemplo, en el supermercado, podemos pedirle que nos ayude a meter los productos en el carro; si estamos de visita en casa de unos amigos, podemos pedirle que ayude al anfitrión a poner la mesa o que cuente lo que ha hecho en el cole. Estas visitas, podemos aprovecharlas como un entrenamiento en habilidades sociales. Los padres podemos ensayar o reproducir previamente qué sucederá en casa de, dando a nuestro hijo pautas de actuación correcta: cómo saludar, cómo pedir las cosas de forma adecuada, etc.

Una forma de ayudar a nuestro hijo a controlar estas situaciones es proporcionarle información. Conviene que los niños sepan dónde van, qué va a pasar y qué cosas pueden o no hacer. Por ejemplo, si vamos al supermercado le contaremos previamente que ninguno cogerá lo que quiera o apetezca, sino lo que necesitemos; que no debemos tocar las cosas porque pueden estropearse o caerse de las estanterías y hacernos daño, etc. Además de esta información, es conveniente que también reciba información posterior, que le permita saber si su comportamiento ha sido o no el que esperábamos.

Los padres debemos actuar de forma coherente con los mensajes que damos a nuestros hijos. Debemos ser modelos adecuados. En muchas ocasiones, los niños actúan por imitación. Dar respuestas coherentes con nuestras normas, e incluso reconocer nuestros errores, les ayudará a establecer unas pautas estables de conducta.

Además de ser coherentes, resulta fundamental mantener una postura firme con las decisiones y mensajes que trasmitimos. Por ejemplo, durante las salidas, nuestros hijos suelen pedir que les compremos cosas. Habitualmente, piden porque saben que pueden conseguirlas, porque en otras situaciones similares hemos cedido a sus demandas. En esas ¿otras situaciones similares?, probablemente nuestro hijo recurrió a la rabieta y consiguió lo que quería. Nuestro hijo, simplemente ha aprendido qué hacer para conseguir lo que quiere.

En estos casos, lo primero que debemos hacer es cuestionarnos si ceder en un momento determinado, por evitar una situación comprometida públicamente, ayuda o aminora las posibilidades de que se repitan en el futuro. Indudablemente, ceder en estas situaciones hace que el niño aprenda a portarse inadecuadamente para conseguir lo que quiere. La otra opción supone mantenerse firme en la postura o decisión tomada. Con ello no conseguiremos que nuestro hijo cese de llorar o gritar en ese momento, pero será más probable que no recurra al llanto en otras ocasiones. Al mismo tiempo, estará adquiriendo normas de comportamiento social, aprendiendo que cuando demanda las cosas de forma adecuada puede obtenerlas.

Para que nuestras decisiones en este sentido sean efectivas exigen la implicación y adopción de una postura común por parte de todos los adultos que vayan a estar con el niño. De nada sirve que los padres le digamos que no, si otro familiar le compra algo cada vez que le acompaña a la panadería.

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