Hubo
un escritor que se ganó un hueco en la historia a base de escribir cosas
terroríficas. Su nombre es Edgar Allan Poe, y, pese a dominar con maestría
los miedos, había algo con lo que no podía: los gatos. Decía que cuando se
encontraba a solas con uno, en los ojos del felino notaba un brillo especial.
¿Se han vuelto locos los de SomosPadres? No del todo, pero hay que reconocer
una cosa: de entre todos, los gatos son uno de los animales más adorables pero
también más misteriosos. Para Poe tenían algo de demonio en la mirada, para los
egipcios eran una especie de dioses, para todos los que tenemos uno en casa, un
bicho independiente como pocos, que ronronea como los ángeles, pero solo cuando
a él le da la gana.
Pero para la medicina, en cuestión de embarazos, un gato es otra cosa: una
fuente de infección. Existe un parásito, un bicho invisible pero malísimo,
que los gatos suelen coger unas tres semanas en toda su vida.
| Las mujeres embarazadas no deberían limpiar la caja donde defeca un
gato. El motivo es porque un parásito que causa una enfermedad llamada
toxoplasmosis puede transmitirse a través de la materia fecal de los
gatos. La toxoplasmosis usualmente no es perjudicial para los niños y los
adultos pero puede causar defectos de nacimiento, inclusive ceguera y daño
cerebral. También nos puede afectar la toxoplasmosis por comer carne roja
cruda o que no ha sido bien cocinada, o por tocar tierra —cuando trabaja
en el jardín— que ha sido contaminada con las heces de gato. |
El bicho en cuestión es tan malo que al gato parece que no le pasa nada, a
nosotros como mucho se nos ve un poco más cansados, pero el daño se lo lleva el
bebé, a quien si le llegan los males de la bacteria: si le pilla en el primer
trimestre de gestación, la mortalidad es de un 10%, además de riesgos de
padecer luego retrasos en la evolución, hidrocefalia, o convulsiones
epilépticas.
Tres semanas en la vida de un gato es muy poco tiempo, y que encima vayan a
coincidir con el embarazo, es aun más improbable. Pero desde luego conviene
conocer a fondo el riesgo para minimizarlo al máximo.
“¿Qué hago? ¿Echo al gato de casa?”. Una opción un poco drástica puede ser
dejar al minino con otro familiar o amigo durante estos meses, aunque hay
medidas que puedes aplicarte en casa para convivir con él y poner más difícil la
cadena de contagio.
La infección en cuestión se desarrolla por culpa de alimentos que han sido
poco cocidos y manipulados de forma indebida. Por ahí es por donde le entra a
nuestra mascota, y luego a nosotros nos llega sobre todo a través de los
excrementos del gato.
Vista la cadena, olvídate de darle paté o embutido al gato durante
estos meses. Reduce la dieta a la comida comercializada para gatos y, sobre
todo, nada de alimentos cocidos.
No permitas que tú gato salga afuera de casa a lugares donde pueda entrar en
contacto con el toxoplasma. Lo ideal sería que lo cuidase algún familiar o amigo
Necesitarás extremar la higiene con el gato. Su cama debería ser
desinfectada con mayor asiduidad, y sus excrementos desterrados de nuestra casa.
Pero, ¡¡¡OjO!!! Este trabajo debe hacerlo cualquiera menos la embarazada.
Más medidas: guantes en las manos a la hora de limpiar todo rastro
gatuno, y lavárnoslas todos con una frecuencia a lo Poncio Pilatos: antes de
tocar cualquier alimento, y después de las comidas.
Tanto como sea posible deberás controlar pulgas y cucarachas. Éstas
pueden trasmitir a la comida tierra o materia fecal de gato contaminada.
Evita comer carne o ave cruda o poco cocinada y frutas o vegetales sin
lavar.
Lávate las manos cuidadosamente antes de comer y después de entrar en
contacto con carne cruda, tierra, arena o gatos.
Evita comer huevos crudos y leche sin pasteurizar.
La idea no es volvernos obsesivos, ni convertirnos de repente en nuevos Edgar
Allan Poe que ven una enfermedad en cada gato. Conocer los riesgos que nos
rodean en una época de máximo cuidado, en la que de nuestros actos depende la
vida de una nueva personita, nos debe servir no para convertirnos en unos
aprensivos insoportables, pero sí para adoptar unos hábitos tan sencillos
como los que practicamos todos los días, pero que, además, ponen un paso más
alejado el riesgo de encontrarnos con alguna desagradable sorpresa.
Algunas preguntas frecuentes:
¿Qué es la toxoplasmosis?
La toxoplasmosis es una infección que puede atentar contra la salud de un
niño que aún no ha nacido. Es causada por un parásito llamado Toxoplasma
gondii. El parásito se multiplica en el intestino de los gatos y se
elimina en la materia fecal principalmente en las cajas donde éstos defecan y
en la tierra del jardín.
¿Qué sucede si tengo el parásito?
Los adultos sanos generalmente no sufren los efectos perjudiciales a partir
de la toxoplasmosis y en muchas oportunidades no presentan síntomas
suficientes que sugieran una infección. Los síntomas son raros pero pueden
parecerse a los de una gripe.
Si hemos sido infectados por toxoplasma anteriormente; es decir por lo
menos entre seis y nueve meses antes del embarazo, la infección no estará
activa cuando quedes embarazada, por lo tanto, rara vez esto constituye un
riesgo para el bebé.
¿Cómo puedo saber si lo tengo?
A través de un simple análisis de sangre.