Ser padre significa hacer el milagro de traer una criatura a este mundo. Pero,
después de ese milagro llega otro, más complicado y batalloso: orientarle,
formarle, transmitirle para que encuentre su lugar en el mundo, para que sepa
vivir.
La materia prima para que tenga esa salud en la vida son los valores.
¿Valores?
Sí, valores. He aquí una palabra en la que merece la pena detenerse. Como
dicen los sabios, solemos estar tan pendientes de lo urgente, que se nos pasa
por alto lo importante. “¿Cuándo le toca la vacuna?” “¿Me come bien?” “Hay que
buscarle ya una guardería, que nos quedamos sin plaza”.
Valores. Esta palabra tiene algo de religión, de espiritualidad, de sentido
del bien y del mal. Y nos hace mucha falta incorporarla a casa, a lo que
compartimos todos los días.
Cada día los periódicos nos vienen con una noticia de esas que, cuando las
ves, levantas la cara y te preguntas que dónde vamos como sociedad. Anorexia,
bullying o pandillas son cosas que se empiezan a instalar en esa generación
que estamos formando, la del futuro, la de nuestros hijos.
Los niños cuando nacen son una hoja en blanco. Si en esas hojas están
metiéndose cosas tan horribles como esa, es porque no estamos llenando las
páginas con valores que lo eviten.
Uno de los males de nuestro tiempo es creer que, como padres, nuestra labor
está en asegurarle la comida y la ropa, pero luego, en el resto de cuestiones,
tenemos que andarnos con ojo, no vayamos a traumar al niño. La cosa empieza con
una falta de autoridad y de seguridad del padre, que piensa al principio que, al
fin y al cabo, no somos seres perfectos, así que, ¿con qué autoridad le voy a
decir yo al niño que no haga esto o lo otro?
Primero está la inseguridad, que te lleva a negociarlo todo, a medirte, a no
propasarte nunca. Luego, como los niños crecen, se ven seguros, y al final nos
desbordan por energía. Entonces intentamos cortar, intentamos limitarles, y
como no podemos, la inseguridad pasa a impotencia.
Hay que tenerlo claro: con evitar que se haga daño no tenemos cubierta
nuestra cuota de restricciones al niño. Es engorroso ver esa cara de fastidio
que nos pone cada vez que le decimos que no haga esto o lo otro, pero, para
enfrentarnos a ello, los padres hemos ido acuñando generación a generación una
respuesta impecable: “Ya me lo agradecerás cuando seas mayor y lo
comprendas!”
Tenemos que intervenir. Tenemos que transmitir.
Y tenemos que hacer desde ya. Piensa por ejemplo, en el valor de la seguridad
en uno mismo. ¿Por qué esperar a que el niño tenga 18 años para filosofar sobre
él? Desde el principio hay un montón de situaciones mediante las cuales
podemos írselo transmitiendo.
Que haga él solito la cama. ¡Qué mayor! Que logre ir solo al baño. ¡Estás
hecho todo un adulto!
Nuestro día a día nos regala constantemente situaciones en las que, si
tenemos claro la orientación que queremos transmitirle al niño, podemos
aprovecharla para ir sembrando en él las buenas respuestas que necesita en la
vida.
Pero para eso necesitamos una brújula. Conocer la dirección. Definir los
valores.
Este debería ser uno de los mejores motivos para hablar de ello en pareja.
Hay un buen montón de valores universales que más o menos todos tenemos claro.
El respeto a los demás, la honestidad, la ayuda al prójimo... pero todos estos
principios y otros más hay que bajarlos a la tierra y ponerlos sobre casos
concretos.
Y para ello padre y madre debemos tener las cosas claras. Hablarlas.
Alrededor de los siete años, el desarrollo intelectual de nuestro hijo le
empieza a permitir discernir entre el bien y el mal. Si estamos atentos y lo
tenemos claro, podemos irle ayudando a formarse una idea de cada una de estas
cosas, pero conviene, eso sí, procurar no incidir demasiado en los
sentimientos de culpabilidad.
Es una herramienta que tenemos muy a mano, y a la que, debemos de recurrir
cuando hace mal las cosas, pero sin pasarse o de lo contrario acabaremos
haciendo de él una persona insegura y cohibida. Piensa que cuando hace algo
mal, hay una parte de responsabilidad que él tiene (hizo una mala elección) y
otra que es nuestra (no supimos transmitirle que tenía que tomar la otra
opción).
Otro medio estupendo para transmitir valores es la religión.
Antiguamente al doctrina, las parábolas, y las historias mediante las cuales
podías aprender donde esta el bien y donde el mal, te venían dadas en clase. Con
el paso del tiempo, todas estas cuestiones morales están saliendo del
colegio, y la responsabilidad de transmitirla nos ha vuelto a los hogares, a los
padres.
La naturaleza también nos ofrece un buen lienzo de historias que usar para
enseñar. El agua, por ejemplo, que ahora cae en forma de lluvia, pero luego
es rio, océano, y al final, otra vez lluvia. Ahí está la ciencia, el hecho.
Pero, con un poco de mano izquierda, podemos utilizar la misma historia para
explicarle que, pese a las apariencias distintas, todo es agua, y que con las
personas pasa igual: nosotros estamos aquí, los chinos, tan amarillos, están
lejísimos, pero todos somos lo mismo, pese a nuestras diferentes formas.
Otra herramienta: el auto análisis. Es muy bueno fomentárselo, desde
cualquier edad. Una vez va adquiriendo una cierta noción de lo que está bien y
lo que está mal, podemos utilizar ese método que tan bien le funcionó a
Sócrates: no decir, no explicarlo todo, mejor ir preguntándole hasta llevarle a
que comprenda.
Por ejemplo, pongamos que le pega a su hermana. Ella, claro, viene y
nos denuncia la situación. En vez de cogerle y gritarle que lo que ha hecho está
muy mal, podemos empezar a preguntarle: ¿tu crees que pegar a tu hermana está
bien? ¿no ves que es tu hermana, con la que vas a vivir siempre? ¿no es mejor
llevarte bien con ella, para que, cuando estás aburrido, puedas jugar con
alguien? ¿te gustaría que te pegara ella, u otro solo porque es más grande? ¿qué
te parecería que nos estuviéramos todos pegando, en vez de queriéndonos? ¿qué
tenemos que hacer cuando nos equivocamos con alguien?
Tener claro los valores que queremos transmitir y
estar atentos a circunstancias como esta nos abrirá las puertas a un nuevo mundo
de discusiones y debates. ¡Bienvenidos!