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Adolescencia

Mamá, no quiero ser como tú


Imaginen. El niño, pequeño y fantasioso, se pone a mirar a sus padres y le da por pensar: “les he descubierto, en realidad son un par de extraterrestres cuya única misión en la tierra es hacerme igual que ellos, que caminan despacio, nunca gritan y solo hacen cosas aburridas”. Y el niño, claro, sale huyendo de la casa pidiendo socorro.

La viñeta es del genial Bill Watterson y detrás de ella hay una verdad como un templo: a los hijos, ahora, les queremos manipular para transmitirles lo mejor de nosotros mismos. No siempre fue así. Según dicen los historiadores antes se tenía niños más que nada para contar con una mano más para trabajar en el campo. “De la familia nadie pensaba que era la fuente principal de felicidad o desdicha, no se esperaba mucho, así que tampoco había grandes frustraciones” explica el filósofo José Antonio Marina.

Pero las cosas han cambiado, y ahora “la relación de los padres con los hijos es una relación de realización personal de los padres”. Queremos que sean buenas personas, que lo hagan todo bien, que sean perfectos o casi y si se salen de ese camino nos sentimos fatal. Pero, ¿en qué modelo ideal nos fijamos para ello? ¿quién es la persona de referencia, la que decide lo que es el bien y el mal? Pues, para qué ocultarlo… el modelo somos nosotros mismos (o una versión convenientemente mejorada que repite eso de que “yo a tu edad sacaba siempre 10, estudiaba todo el tiempo, ayudaba a mis padres, etc).

¿Qué es lo que está bien o mal en el mundo? Lo que papá y mamá decimos. ¿Quién dice si una cosa es equivocada? Nosotros. Para nuestros hijos, durante muchos años somos una especie de dios que todo lo sabe, que tiene todas las respuestas y todos los significados. Alguien a quien obedecer y del que aprender.

Pero como lo bueno nunca dura eternamente, cuando llega la adolescencia, a nuestros hijos les da por el vicio de pensar de una manera distinta, más individualista. Y como una cosa lleva a la otra, van y, los muy desagradecidos, se ven con el derecho de criticarnos.

Se podría juntar un ejército con las madres y padres que han recibido de boca de sus hijos esa bofetada que titula este artículo. “No quiero ser como tu”. O “me has engañado”.

¿QUÉ HE HECHO YO PARA MERECER ESTO?

Hoy tenemos hijos porque en un momento de locura transitoria nos da por creer que es lo que tenemos que hacer, lo que nos falta. Y allá vamos, contentos y confiados, a meternos en una tortura que puede durar un par de décadas.

Ser padre es duro, pero ser adolescente también tiene su aquel. Es una gran crisis de la que muchos no salen nada bien.

Piénsalo un momento. Imagina que todo en lo que creíste, todo en lo que estabas convencido, se te va cayendo en muy poco tiempo, apenas un año. Los adultos pasamos por momentos desgraciados que son así, y muchos necesitamos tratamiento y años de ayudas para volver a poner las cosas en su sitio.

La adolescencia es lo mismo. Una crisis total. Resulta que el mundo no es ese sitio de dragones y princesas, que poco a poco pasan cosas que te convencen de que no serás el superhéroe que creías.

La infancia es un mundo tierno y ficticio, una especie de cascarón en el que metemos a los hijos para que vayan creciendo. Nosotros les metemos ahí, en ese lugar tan maravilloso en el que existen Papá Noel o el ratoncito Pérez. Mentiras. Mentiras útiles, necesarias, maravillosas, pero mentiras al fin y al cabo.

Al adolescente en el fondo le duele perder la infancia, y reacciona contra nosotros, que se la dimos, que se la inventamos, y que se la protegimos durante tantos años.

Es un choque de trenes en el que los dos tenemos razón. Nosotros porque nunca hicimos nada que no fuera por quererle, y, claro, encontrarte ahora con que ese hijo te paga todos los sacrificios diciéndote burradas, “pasando” de ti, o criticándote a la mínima, pues no es plato de gusto para nadie.

Pero él también tiene sus razones. Las has visto. Por su bien le metimos en un mundo de mentiras, y descubrirlo duele. Desde que nace, cuando algo le duele, el hijo mira a sus padres. Esta vez no es diferente.

SALIR DE LA CRISIS A BASE DE PAZ

Una cosa es que los hijos vengan al mundo porque nosotros lo deseamos y otra muy distinta es que estén aquí solo para cumplir nuestros deseos. Ni siquiera el deseo de que sea de esta manera o de la otra.

La adolescencia es una etapa de búsqueda de uno mismo, y generalmente la primera conclusión a la que llega un chaval a esas edades, lo único que tiene al principio claro, es que no quiere ser como nosotros. (La segunda conclusión es dejárnoslo claro siempre que puede).

Es el momento de volver a conocernos. Seguramente ya te habías dado cuenta de que ese monstruo impresentable en el que se ha convertido tu hijo adolescente no tiene nada que ver con el adorable niño que fue una vez. Bien. Aceptémoslo. Y… como es nuestro hijo, conócele. Porque está cambiando, y hay que hablar mucho con un adolescente como para conocerle realmente.

Tenemos que decirle que le queremos haga lo que haga, opte por lo que opte. ¿Qué no quiere ser como nosotros? Estupendo. Seguramente nosotros tampoco queremos ser como somos. Genial, hijo. Intenta convertirte en algo mejor. Con mi consejo, mi experiencia, pero sobre todo, mi respeto por tus decisiones. Porque al fin y al cabo, es tu vida.

Tenemos que decírselo pero sobre todo demostrárselo. Y no hay mejor manera de hacerlo que, estrechándonos de nuevo la mano, como dos adultos, y poniéndonos a su disposición para ayudarle, para aconsejarle, pero ya cada vez menos para mandarle.

En las grandes empresas lo saben. Han llegado a la conclusión de que arriba, en las riendas de la empresa, hace falta gente con experiencia, pero también personas jóvenes, con menos años pero dispuesta a asumir más riesgos, porque con los años nos volvemos más sabios, más expertos, pero también, hay que reconocerlo, más acomodados y menos dispuestos a ir por caminos en los que hay un poco de riesgo pero mucho premio. Juntar las dos opiniones, las del experto y las del intuitivo, según dicen, es la manera con la cual se toman las mejores decisiones.

Pues lo mismo debe pasar con nuestro hijo. Cuando él nos suelta “no quiero ser como tu”… no está declarándonos la guerra. No es un desprecio. No significa que nos vea como personas horrendas. Simplemente es un aviso: hasta ahora todo lo que tú decías eran mandamientos, la verdad absoluta. Todo lo que podía hacer era obedecer o exponerme a un castigo.

“Ya no quiero ser como tu” quiere decir que me estoy buscando, y que si quieres seguir ayudándome tenemos que variar nuestra relación. No se trata de que nos alejemos de él, despechados y ofendidos por esas frases bruscas. No. Es que ahora nos toca asumir otro papel, el del padre-consejero más que el de padre-que-todo-lo-manda.

Evolucionar como padres igual que él evoluciona como hijo, pero sobre todo, como persona.

Bienvenidos a una nueva etapa de esta vida de ser padres. Como en las anteriores, por delante tendremos dificultades como este momento, pero también momentos en los que volveremos a estar orgullosos de ese engendro que está ahora llamando a la puerta de la vida adulta.

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