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Tener un hijo te cambia, dicen. Lo que
no te avisan es de lo cambiado que es el mundo visto a través de sus
ojos.
Os cuento. Decidimos, hace unas
semanas, viajar durante un par de días a Granada. Nosotros ya la habíamos
visto, pero pensamos que si había una ciudad que nos gustaría que
viese nuestro hijo Javier, es esa. Javier tiene ya seis años, una edad
en la que tienes que explicarle muchas cosas a un niño, pero también
en la que si les oyes con atención, te da por pensar.
Te puede pasar por ejemplo, al pagar
una autopista.
Esa mañana quisimos salir muy
temprano, y Javier se hacía el remolón todo lo que podía con ese arma
que te va venciendo por agotamiento: decirte a cada cosa “¿y por qué?”.
Una de aquellas preguntas, a la que no
di ninguna importancia, fue algo así como...
-
¿Y por qué tengo que lavarme la
cara, si no la tengo sucia?
Yo le debí responder, sin mucha
atención, algo así como “no te la ves sucia porque te la lavaste
ayer, pero si te quedaras varios días sin lavarte la cara, te la verías
sucísima”.
Pues bien, cuando llegamos a la
autopista, el señor que cobraba era de piel negra. No había terminado
de bajar la ventanilla ante él, cuando oigo detrás de mi un grito:
- ¡Mira papá! ¡Ese señor no se
ha lavado la cara, por lo menos, en una semana! ¡Qué cochino!
¿Os ha pasado? ¿Eso de no saber uno
donde esconderse, tener que poner una sonrisa del tipo, “vaya, sí, me
has pillado, es hijo mío, pero te juro que no sé de dónde puede haber
sacado algo así”.
De todas formas, debo deciros, compañeros
de SomosPadres, que en este viaje también hubo momentos muy buenos.
Después del coche, del bochorno, y de sufrir algún que otro “precio
especial para turista”, uno sabe que lo está haciendo bien, y se
siente útil como padre y como persona, cuando llevas a un chaval ante
un sitio como la Alhambra.
Debo confesar que eso de ir de museos
con niños, pues me parece muy loable, y muy bonito, pero yo con este
trasto no me atrevo. Sin embargo, en la Alhambra, el mocoso no dejaba de
correr de un lado a otro, de ESCUCHAR al guía con atención, de soñar
que era Bo Abdil por un rato, un caballero al rato siguiente, y después,
al ver a uno pasando con un helado, volvía a ser él, claro, y empezaba
a machacar con el “melocompras, melocompras...”.
Nos pasamos el día entero arriba y
abajo de la Alhambra. Y luego, al atardecer, fuimos al famoso mirador de
San Nicolás, donde Javier descubrió que él, lo que de verdad quiere
ser en la vida, es hippy.
Allí en el mirador había unos chicos
de esos que van con sus perros y su puesto de cadenas y pulseras de
cuero. El caso es que el chico, además, andaba haciendo malabares con
unas bolas, y ante eso, ya puedes poner el mirador de San Nicolás o el
de Papá Noel, que con Javier no tendrás competencia.
Después de ver a aquellos chicos
hacer sus malabares, a Javier le entró esa terrible inquietud sociológica
que tienen los niños de seis años. Me preguntó que por qué estos
vendías las cosas, si había visto payasos que regalaban juguetes
hechos con globos. Mi mujer, Adela, le explicó que esos chicos no
trabajaban, y que como no trabajaban, pues tenían que pasarse el día
así, y la gente les daba el dinero.
No trabajar. Jugar con bolas, Y encima
estar todo el día en la calle. Ante la explicación, Javier lo vio
claro, y ahora lleva unas semanas cogiendo todas las pelotas que pilla a
su paso e intentando hacer malabares con ellas, por que él, lo que
quiere ser en la vida, es eso, hippy.
A veces me asusta. Pero luego pienso
que el tiempo ya cura estas cosas, ¿no?
Eso sí, cada vez que Javier nos
pregunta algo, procuramos poner mucha atención en la respuesta que le
damos. Ahora andamos preparando un viaje a Santiago... creó que de ahí
el crío nos puede salir peregrino, pero correremos el riesgo.
Juan Álvarez.
Madrid. Padre de Javier I, el Terrible
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