LA UNIÓN QUE NO HACE BIEN
“Me
lo han cambiado”
He aquí una frase terrible. Una pesadilla. Con lo que nos
ha costado hacerle, vienen ahora unos cualquiera y nos lo cambian.
La pesadillas es propia de padres con hijos adolescentes,
ya saben, esos seres con granos, que se pasan el día ante el espejo preguntándose
si nos los más guapos del reino. En plena revolución hormonal, a nuestros
hijos les da por necesitar amigos a su alrededor para sentirse bien, y al
final, tanto tiempo pasan con ellos, tan poco les empezamos a ver, que empiezan
hasta a crecer por su lado.
Lo grave no es eso. A lo que debemos echar un ojo, es a cómo
se relaciona nuestro hijo con esa pandilla que ahora tanta influencia tendrá en
él. Los amigos pueden funcionar como una plataforma en la cual se apoya para
crecer, o pueden convertirse en una auténtica secta, donde para estar
dentro todos deben pensar igual y asumir las mismas cosas.
“Donde todos piensan igual nadie piensa demasiado”,
dice Walter Lippman. La máxima expresión de este círculo que nos puede echar
a perder a nuestro niño está en esas pandillas violentas, que de vez en
cuando dan una de esas noticias que nos echan el alma al suelo. Esto ya no es un
grupo de amigos, aquí ya hablamos casi de sectas, con su organización jerárquica,
su obediencia a unas normas, y el cumplimiento de rituales y órdenes.
| Asustan. Pero del susto tenemos que ir a la reflexión.
Jóvenes y crisis juveniles ha habido siempre. ¿Por qué ahora tenemos estos
sucesos? La respuesta está en nosotros. Los hijos son el futuro... los
padres los que lo encaminan. Nosotros somos eso que llaman “la
sociedad”, en nuestra mano está evitar este tipo de comportamientos, meter en
él unos valores que le hagan lo suficientemente seguro, abierto e independiente
como para tener amigos y no dejarse comer la cabeza por ellos. |
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PARA REPELER A LAS PANDILLAS...
1)
Nuestro hijo debe tener ya amigos.
Fuera de la familia, todos necesitamos un hombro en el que apoyarnos y un oído
que saturar con nuestras cosas. Si vas por ejemplo a vivir a un país
extranjero, lo primero que suele pasar es que hagas una piña con los que
vinieron de tu mismo país: nos hace falta a todos respaldarnos en un ambiente
distinto. ¿Tiene amigos tu hijo? Si crees que el área afectiva no está lo
suficientemente cubierta, toma medidas. Apúntale a grupos de convivencia,
deportes, campamentos, teatro...
2)
Si
ya tiene amigos, ¿los conoces? A veces por edad, por miedo, o por simple
pasotismo, dejamos que los amigos de nuestros hijos sigan en ese mundo exterior
que nos interesa bien poco. Grave error. Los amigos son una prolongación de
nuestro hijo, y hay que conocerlos.
Hay que invitarles a casa.
Cederles el salón. Traerles a tomar un café, un té, lo que sea.
Eso sí, sabiendo dejarles el suficiente espacio como para que no se sientan
acosados, pero también estando lo suficientemente atentos como para
descubrir un poco de qué pie cojea cada uno. Piensa que un padre que se
relacione bien con los amigos de su hijo puede funcionar como un “guía” del
grupo, un adulto al que recurrir en caso de dudas.
3)
¿Cuál
es el fondo de nuestro hijo? ¿De qué está hecho por dentro?
Debemos infundir en nuestro pequeño adulto esos valores que le harán sentirse
tan seguro de sí mismo como para decirle a un grupo, por muy amigos que sean,
que lo que hacen no va con él. Para eso debe tener muy clara una escala de
valores, y además, esa escala debe ser propia. A estas edades, todo aquello que
le enseñamos está pasando un proceso de revisión, lo juzga, lo piensa, y se
queda con unas cosas pero tira otras. ¡Estemos cerca en este proceso!
¿Cómo? Buscando espacios
comunes, para hablar pero también para escuchar. En una cosa sigue siendo el
mismo: le encanta que le atendamos, y que mostremos atención, respeto y
admiración por lo que dice o hace. Intenta compartir juegos, deportes, comidas
en la mesa, vacaciones al gusto de todos... escúchale y pídele su opinión
sobre tus propios problemas. ¿Por qué no? No estás obligado a que un mocoso
te dicte lo que has de hacer, pero, ¿por qué no escuchar qué soluciones le
daría él a los problemas adultos? Este juego, el de educar, se trata de
eso, ¿no? De que aprenda a resolver los problemas que le dará la vida, pues
juega con él a compartir los tuyos. Eso seguro que os acerca, que le enseña cómo
están las cosas, le llena la cabeza de realidades e impide que entren en ella
peligrosos pajaritos.
Pero para eso tenemos que dar
nosotros ese primer paso. ¡Ánimo!