Queremos que sean los mejores. En la escuela y en la casa, que sean los números uno. Como nosotros con nuestra vida. Le animamos, le apoyamos y ponemos todos los medios posibles. Pero, ay, nada es perfecto. Hay que enseñarle a mejorar, pero también a aceptar los propios errores como regalos. ¿Cómo?
“Recuerdo perfectamente a aquella chica, Anabelén”, dice hoy, don
Ernesto, un profesor de instituto. “Era la alumna más brillante que he
tenido nunca: todo se lo traía sabido, bien hecho, perfecto. Siempre quería
salir a la pizarra y responder a cualquier pregunta.
Un día, en un examen de matemáticas, debió despistarse y pasó mal una
suma, por lo que la nota que le puse fue un 9.
No me olvidaré nunca de las lágrimas y los llantos cuando vió el
examen.
De eso y de la cara de alucinados que pusieron todos los alumnos, algunos
entre los cuales, claro, había más de un cero”. Según nos relata Ernesto, Anabelén, la chica que tan alto apuntaba en el instituto, acabó con el tiempo teniendo serios problemas y necesitando ayuda. Ella, que era capaz de lo mejor...
El caso, más que asustarnos, debe llevarnos a la reflexión, porque hay muchas Anabelenes por el mundo, y en parte, todos llevamos algo de esta forma de ser dentro de nosotros.
IMPORTANTE: SABER HASTA DÓNDE EXIGIRSE
Es el signo de estos tiempos: nos exigimos ser los mejores padres, los mejores empleados, la mejor pareja... Hay un cierto sentimiento de excelencia mal entendida, un tener que darlo todo en cada cosa,
porque si no llegamos a determinados niveles, somos unos fracasados. Al caso mismo de Anabelen le podemos dar la vuelta: ¿cuántos padres se han sentido
fracasados al ver las notas de su hijo?
Estamos aquí para darle a nuestros hijos lo mejor de nosotros mismos, calro que sí, y para hacer de él la mejor persona posible, por supuesto. Querer superarse es siempre bueno, y quien tiene eso entre sus preocupaciones, le irá bien en la vida.
El problema es que para superarse, debemos poner una pizca de tensión en nuestras vidas, cierto nervio para estar atento y corregir errores... y,
a veces, esa preocupación nos puede cegar y hacernos olvidar algo muy básico:
nada es perfecto.
Si te dijera que tuvieras cuidado y que no olvidaras esa frase, dirías que estoy diciendo tonterías. Pero
“saber que nada es perfecto” implica muchísimo más que una frase redonda.
Entenderlo, supone, antes que nada, saber que en todo lo que intentemos, habrá una parte de derrota, que por más que nos esforcemos, siempre cometeremos errores,
y que, encima, darnos cuenta o que alguien nos los señale, es recibir un regalo.
Por el mundo hay mucha gente insoportable que no aceptan nunca que alguien les diga una crítica. No es fácil. ¿Quién se atreve a hacerle una crítica al
jefe, a decirle que se equivoca en algo? Nos da miedo porque abunda la gente que no sabe encajar sus
errores. Es lo que más daño les puede hacer: que les digan que lo hacen mal, así que esta gente coge y, en todo lo que hacen, le ponen muchísima pasión y muchísimas ganas... lo que haga falta con tal de alejar las críticas.
Tanto se esfuerzan que para ellos la crítica es una descortesía, un insulto. Cuando los refranes lo dicen bien clarito:
el buen amigo es el que es capaz de acercarse y decirte lo que haces mal. Ese te está ayudando de verdad, te está diciendo como mejorar... te está enseñando el camino, y por tanto, te está haciendo un regalo.
Como padres nos preocupamos mucho de enseñar a nuestros hijos cómo ser mejores. Les explicamos lo que está bien y lo que está mal, y luego les exigimos que cumplan con ese código, y que asuman sus obligaciones en el colegio, y que se porten bien siempre.
Estas cosas se las intentamos enseñar con mucha fuerza, y el problema es que a veces nos quedamos sólo en
eso, en decir y pedir, y nos olvidamos que son niños, que nacieron sin saber, y que cuando no aprenden algo, o es porque no se lo supiste explicar bien, o es porque aún no está capacitado para asimilarlo.
ENSEÑARLE A ENCAJAR EL ERROR
Tenemos que enseñarles a caminar deprisa y en la buena dirección, pero también tenemos que
enseñarles a levantarse, a saber que siempre vendrá un golpe que los tumbe, y que eso no es lo grave. Si no le inculcas una actitud positiva respecto a sus errores, acabaremos formando a un chico que se vuelva perfeccionista y niegue sus errores (como los neuróticos) o los acabe llevando con resignación e indiferencia (como los pesimistas).
¿Cómo se enseña a aceptar las equivocaciones de la mejor manera posible? Como todo en educación,
es cuestión de dar ejemplo. O de aplicar la fórmula del experto Bernabé Tierno, quien dice que para que nuestro hijo adolescente nos reconozca que se ha equivocado, primero tenemos que recorrer nosotros el camino de ida.
“¿Cómo quieres que él te pida perdón, él que sabe menos, si nunca antes te ha visto a tí hacerlo, si no le diste un ejemplo para que lo aprendiera?”.
¿Cuántas veces hicimos algo con nuestros hijos y, por no quebrar esa falsa imagen de perfectos que nos vamos creando, no nos acercamos luego y le contamos que no, que nos habíamos
equivocado?
Dicen que el error es humano, así que lo que no es humano, lo que nos aleja de nosotros mismos, es no saber
recocerlo y aprovecharlo. Eso es
el orgullo, algo que nos distancia siempre de los demás. Para no cultivarlo en nuestro hijo, debemos buscar siempre ese equilibrio entre las ganas de mejorar y darlo todo, y el aceptar los errores como algo nuestro, positivo.
Así que, en nosotros y en él, debemos procurar que cuando alguien nos diga
“te has equivocado”, en lugar de una ofensa, nos lo tomemos como un regalo, porque, al fín y al cabo, los errores son la
gasolina que hace nos
mejorar, y, vaya, lo que nos hace a todos iguales, a todos humanos.
¿Te imaginas que pesados y soberbios seríamos si no tuviéramos errores?
No, definitivamente, les invito a que me critiquen cuanto quieran, queridos amigos.
En este texto y allá donde nos encontremos.
Ceferino Martínez
Psicólogo