LOS SENTIMIENTOS TAMBIÉN SE EXPLICAN: EDUCAR LA AFECTIVIDAD
Los seres humanos somos así: o nos quieren o nos morimos. Está ahí, en el origen de todo. Somos una especie que nacimos tan sumamente débiles, que o le caemos simpáticos a esos que están cuando salimos, o no tenemos ni dos semanas de futuro.
Necesitamos por nuestra propia biología relacionarnos con los demás para poder estar bien nosotros mismos.
La “afectividad” se refiere a la forma en la que manejamos esa necesidad de relacionarnos con los demás, cómo digerimos esa necesidad de afecto.
Se trata de algo muy personal, que va mucho con el carácter de cada uno… pero fundamental para poder ser feliz en esta vida y, lo más interesante: podemos transmitirle a nuestro hijo algunas lecciones de afectividad, algunas prácticas que le puedan ayudar el resto de su vida.
Porque ser padre no es sólo procurarle a nuestro hijo la comida y exigirle a cambio que nos traiga buenas notas a casa.
Es, sobre todo, transmitirle lo mejor de nuestra experiencia, de nuestro ser, de lo que la vida nos ha ido dando.
Todo con un solo objetivo: que le sirva para ser feliz en este mundo. Pero para ser feliz, va a necesitar relacionarse con los demás, y vivir de una forma sana esa necesidad de relacionarse.
No es fácil. Es necesario mucho aplomo, paciencia y autoconocimiento para tragar bien con esto de que, la felicidad de uno no siempre está en tus manos.
Mucho de ello está en las manos de otros, y el que tengan algo tan básico, nos puede poner irascibles, recelosos, ansiosos o tímidos.
¿Cuántas veces no habremos visto, por ejemplo, alguna discusión de pareja, en la que una de las partes se desgañita y acusa a su media mitad de un montón de barbaridades… y todo por no reconocer que le necesita y que le gustaría tenerle más cerca? ¿O cuántos de esos adolescentes habrá, que “van de duros”, de que todo lo saben, de que no necesitan a nadie… precisamente para ocultar cuantísimo necesitan a alguien que les quiera de verdad?
Eso por no hablar de la legión de adictos a las relaciones por Internet,
que son capaces de tener un amigo en Japón, otro en Sudáfrica, y el tercero en Argentina, todos ellos conocidos sólo por Internet, mientras ni si quiera son capaces de conocer al vecino que vive al lado de su puerta.
Nos necesitamos todos muchísimo. Según Enrich Fromm, el ser humano muere si no hay comida, pero sin el alimento de unas relaciones sociales se puede volver loco.
Vimos, hace unos años, un ejemplo de esto: un soldado, encerrado por el enemigo, sólo en su celda. Al cabo de los meses fue liberado y se le preguntó que cómo sobrevivió el aislamiento. Dijo que en un trozo de papel del váter, pudo dibujar la bandera de su país, y que al verla podía sentirse cerca de toda esa gente. Eso era lo que necesitaba para soportar la situación. Sentir el afecto.
Tan fuerte es su necesidad y tanto nos llena.
¿CÓMO EDUCO SU AFECTIVIDAD?
Hay muchas estrategias que podemos seguir para que nuestro hijo identifique con facilidad sus emociones, su necesidad de otros, y sepa qué hacer con esos sentimientos.
-> HABLA, HIJO. Para empezar, debemos de desterrar la costumbre de sentir por él. Si le vemos alicaído y triste, aun cuando sepamos cuál es el motivo, debemos
ponernos a su lado y escuchar. Lo máximo que nos debemos permitir, es hacerle preguntas para
tratar de guiarlo. Pero él debe ser quien ponga palabras a sus sentimientos.
Parece una tontería, pero se trata de uno de nuestros mayores problemas. Hay gente que se levanta por la mañana, y sabe exactamente que su estado de ánimo de ese día
es un poco peor porque ayer alguien le dijo determinada cosa que lo trastocó. Pero hay también demasiada gente que caminan por su día teniendo un cierto sentimiento, pero que deben estar con él varios días para saber claramente entenderlo.
¿Imaginas lo terrible que debe ser, por ejemplo, que en medio de una crisis, su futura pareja le ponga en un compromiso, y que, simplemente, por no saber decirle en ese momento todo lo que siente, la pierda? Cosas así ocurren todos los días.
Por eso es fundamental que ahora, cuando detectemos que tiene un problema, no vayamos a la carrera, a solucionarle la situación.
Que hable. Que piense. Que aprenda a identificar dentro de sí mismo toda la gama de sentimientos.
-> YO NO SOY LA ARMADURA DE MI HIJO. Un niño corre, juega, se esconde, hace travesuras, se cae de la bici, se rompe una rodilla, vuelve a subirse a la bici y vuelve a caerse…
Lo peor que podemos hacer como padres es coger y decir que, como tenemos que proteger al niño, mejor que no, que no corra, que no chille, que no se suba a una bici.
Un niño sobreprotegido no sufre en la infancia, pero todos esos golpes que le evitamos cuando era niño, la vida se los guarda para dárselos cuando crezca y ya no estemos ahí. Debemos estar ávidos para darle todo el espacio y toda la libertad que pueda asumir.
El día de mañana será responsable de su vida y nuestra misión ahora es que esté capacitado lo antes posible. Que salga, de forma prudente, todo lo que sea capaz de asumir con responsabilidad. Que haga cosas en casa, que aprenda a llevar las cosas de clase…
-> EL PARAÍSO ¿PERDIDO? DE LA INFANCIA.
Los niños vienen al mundo cargados de inocencia y libertad. Lo mismo te dicen que una señora está muy gorda (al lado de la señora) como que un señor (negro) tiene la cara muy sucia porque no se la ha lavado por la mañana.
En esos primeros años viven algunos sentimientos de una forma muy limpia. ¿Necesito que vengas? Lo digo. ¿Veo a mi mamá y siento que la quiero? Pues la doy un beso y sigo con mis cosas. Eso por no hablar de
otros abrazos, caricias y achuchones.
Luego, la vida los hace maduros, serios, y muchas maravillas que tenían de niños van desapareciendo. Eso no es bueno, y por eso deberías recordárselo. Que aunque tenga 20 años puede seguir dándote un beso, así, porque se alegra de verte.
El dibujo, la arcilla, la plastelina… por ejemplo, son juegos que tiene de pequeño y que se suelen quedar por el camino, en gran parte porque no hay luego nadie que le coja y le diga, “oye, mira, tienes 15 años, yo 40, pero vamos a hacer una acuarela”.
Más allá de lo artístico, todos estos son canales a través de los cuales se expresan las emociones. Conviene no perderlos; no es ningún disparate asegurar que muchos de los jóvenes que luego van de bar en bar, lo único que buscan allí es un lugar donde poder decir lo que sienten de una manera relajada. Por eso es bueno recordarle que, además del camino al bar, hay otros para expresarse, otros que aprendimos de niños.
-> VIVIR TAMBIÉN ES APRENDER A SUFRIR. “Tolerancia a la frustración”. Esta expresión salta a la boca de los psicólogos cada vez que tienen que definir a la nueva generación. Y se trata, junto al respeto a los mayores, de uno de los pilares de esa buena educación que creemos estar transmitiéndoles.
¿Qué está pasando? Nuestros hijos se frustran con facilidad. Tanto les cuidamos, tantos deseos les cumplimos, que luego, cuando la realidad no les da un capricho, cuando algo se le resiste, cuando deben trabajar mucho para conseguir una cosa, se sienten deprimidos. Y es normal.
Para tener una afectividad sana, es imprescindible respetar a los demás. Que aunque nuestra felicidad dependa de otra persona, no la avasallemos, no nos creamos con derechos sobre ella.
Es imprescindible, también, tener paciencia, y si por ejemplo, no somos inmediatamente correspondidos por alguien, no nos vengamos abajo… pero
para todas estas cosas, hace falta, claro que desde pequeños no les cumplamos todos los caprichos.
Hay que tener aguante y no darle todo. ¿Qué se frustra? Pues que se frustre. ¿Qué llora porque no le compramos un bombón? Pues que llore, menos meará. Tu
sabes que no le conviene, así que, por su bien, no hagas lo que te pide, ignórale cuando te monte el numerito.
-> PRÁCTICA, PRÁCTICA, PRÁCTICA.
Una de nuestras preocupaciones debe ser, siempre, que nuestro hijo no se convierta en un ficus, en una planta sentada ahí frente al
televisor. Es necesario que salga y se relacione, y, con este propósito, es bueno que le apuntemos a algún
deporte de grupo, a teatro, a juegos, a campamentos, a convivencias… todo lo que sea estar con gente de su edad, bajo el cuidado y dirección de un adulto, le vendrá estupendamente bien. Porque a relacionarse con los demás, uno aprende relacionándose con los demás. No queda otro camino.