Alguien que necesita Mimos: nuestra Autoestima
El
retrato es más o menos así: por un lado está el niño, inseguro, tímido y
retraído. Por el otro la madre, o el padre, sentados a su lado, sin decir ni mu.
Lo ven un rato, de reojo, desde la distancia, y se dan cuanta. Se dan cuenta de
que el niño no está bien, así que, claro, empiezan a preocuparse, a
angustiarse.
Entonces
el hijo vuelve a mirar a sus progenitores, que en muy poco tiempo parecen
haberse instalado en la frente un letrero luminoso y grande que dice: ¡estoy
preocupado!
“Si
ellos que son los que saben, los que deben guiarme en la vida, andan así, más
vale que empiece a preocuparme” piensa su hijo en silencio.
Es una exageración, pero detrás de ella hay
una realidad: Somos Padres, o lo que es lo mismo, somos el espejo donde se ven
reflejados nuestros hijos, y conviene, por encima de todas las cosas, que ese
espejo esté limpio, claro, dando una imagen de seguridad y alegría.
Irradiando confianza.
Y para eso debemos tener claros unos ciertos
mecanismos de autodefensa, de supervivencia, que nos eviten sortear las
tormentas de tristeza que se nos van a ir cruzando. Siempre. Es ley de vida.
La
importancia de llamarse Autoestima
Por ellos y por nosotros es altamente conviene
que tengamos la autoestima por las nubes. Claro que para eso también hace falta
tenerlo a prueba de bombas. El mismo momento del parto, de coger a nuestro bebé
y volver a casa, puede ser el inicio de una angustia que nos lleve a la temida
depresión post-parto. Es como si la naturaleza nos advirtiera diciéndonos: no
te engañes, ser feliz ahora te va a costar trabajo.
La autoestima hay que
ganársela. A veces,
pendientes de preocupaciones, horarios y trabajos, tan dispuestos como estamos
al sacrificio, se nos pasa por alto esta otra obligación que es la de
ser felices, la de sentirnos bien y seguros con nosotros mismos.
Hay quien no le da importancia a este tipo de
cosas, que creen que, bueno, como al fin y al cabo, las llevas por dentro, déjalas
ahí que ya se irán. Y eso es algo que al final puede acabar pagando toda la
familia. Porque, ¡qué caray! Si preocuparnos por ser felices no es importante,
entonces, ¿qué lo es?.
¿Suele tu cabeza centrarse más en lo que te
falta y en los problemas que tienes que en la suerte y dicha que te rodea? ¿Cómo
está tu vida? ¿Medio vacía o medio llena? Hay que andarse con mucho ojo,
porque podemos meternos un poco en eso que los psicólogos llaman ahora un túnel,
y a lo que el refranero hace tiempo que se refirió con aquello de llevar los
orejeras, como los burros, que al final solo pueden ver lo que tienen delante.
Y lo peor de meterse en estas espirales, en
este estado de ánimo, es que uno va llegando a él poco a poco, aceptando
cada día algo que, por fuera nos decimos que da igual, que podemos por
ello; pero por dentro se va acumulando porque no le estamos dando las
convenientes vías de escape.
A grandes males…
El poco
tiempo, el mucho trabajo y el cansancio
podrían ser en la mayoría de los casos los jinetes del Apocalipsis en cuestión
de autoestima. Actúan como termitas, poquito a poco, erosionando nuestro buen
humor. ¿Te has fijado que cuando
volvemos de vacaciones como que tenemos más aguante, y le damos menos
importancia a las cosas fastidiosas? Es porque nos alejamos muchísimo de estos
jinetes.
Cuídate de ellos, porque si no, si te vas
cargando, al final no podrás trasmitirles a tus hijos
eso que llaman buenas vibraciones:
un sentido optimista y confiado de ver la vida. Para trasmitirles eso,
tenemos que creérnoslo primero.
Es como cuando hablamos de los niños tímidos:
para hacerlos sociables, primero tienen que ver en nosotros el ejemplo. No puede
ser que le pidamos que se abra a los demás si luego nosotros vamos por la vida
cerrados como ostras.
…Grandes
remedios
“La primera vez que me subí a un avión tuve
una sensación increíble: llevaba semanas muy angustiado por una serie de
problemas, y, ahí estaba, a punto de viajar al extranjero, viendo por la
ventanilla. Al principio sentí cosquillas en la barriga, como todos. Pero lo
que más me maravilló fue ver cómo mi ciudad se iba haciendo cada vez más y más
pequeña, hasta acabar en un puntito rodeado de unos granos que hasta ese
momento yo había visto como gigantescas montañas.
Es extraño ver eso, ver cómo lo que hasta
entonces era todo tu mundo, de repente se queda en nada, en un grano. Me había
estado encerrando demasiado tiempo en una serie de cosas pequeñas. Volví un
momento la mirada sobre esos problemas que tanto me habían pesado. Ahora que estaba ahí arriba, si mi casa y mi ciudad eran un puntito, ¿cómo
iban a ser mis problemas? Menos que nada”.
Así comienza una novela de muy reciente
publicación. “Menos que nada”, a eso quedan reducidos los problemas y las
angustias si sabemos verlos desde
suficiente altura. Esto no significa que cada vez que haya un problema
debemos ir corriendo al aeropuerto, en plan terapia. Se trata de tener
perspectiva, de buscarnos experiencias positivas, tan sumamente buenas que los
problemas se queden en “menos que nada”.
Si perder la autoestima fuera una enfermedad
legalizada como es debido, las recetas del doctor para combatir este mal incluirían
algunas cosas como esta:
-
Ten
espacio para ti, y para tu pareja. Una casa, como una vida, está
ordenada cuando cada cosa tiene su sitio. Tiene que haber un lugar para
guardar la basura, otro para hablar y jugar con nuestros hijos, y otro para
dejar las zapatillas. De igual modo, nuestra semana debe tener su tiempo
para estar con los chicos, con nuestra pareja, y con algunos, quizás no
muchos, pero si algunos buenos amigos. Las
paredes de la casa no deben ser la frontera de nuestro mundo social, porque
si no acabaremos asfixiándonos y asfixiando.
-
El
ocio bien entendido empieza por uno mismo. Dicen
los que saben que el mejor descanso no está en quedarnos tirados en el sofá,
si no en hacer cosas que nos gusten. Pues bien, ¿a quién no le gusta
divertirse con los enanos? A cada edad, a cada personalidad, hay un sinfín
de actividades que nos pueden gustar a ellos y a nosotros por igual. Desde
un partido, hasta un juego de mesa, desde una tarde en el cine, hasta
montarnos nuestra propia obra de teatro. No te prives de estos momentos.
-
No
hay que escatimar en premios, en detalles. Y para esto, hay dos
caminos: el de pagar un detalle (un regalo), o el de darle vueltecitas a la
cabeza para inventarnos una sorpresa. ¡Hay que esforzarse por aplicar un
poco de creatividad a nuestra vida! Es curiosa la de veces que podemos ver
películas cuyos protagonistas saben sorprender a los que le rodean, y nos
dejan “enamorados”, y las pocas veces que tratamos nosotros de encarnar
ese lado de nuestra personalidad. Piensa en un detalle para cada uno de los
que te rodean, cuanto más tonto y más
alejado de lo habitual, mejor.
-
OjO
con esto: hay
que saber decir no. Hay que saber no coger todo lo que pasa en
nuestra casa y cargárselo a la espalda. NO a cumplir todos sus caprichos.
NO a martirizarnos por todo o que le pueda ocurrir. Tenemos mucha energía,
y mucha responsabilidad, pero NO
PODEMOS CONTROLARLO TODO. El proceso de crecer es el proceso de ir
asumiendo cada vez más responsabilidades, asumiendo errores y aprendiendo
de ellos. Cuando coges a un pájaro con la mano, si lo aguantas un rato,
quizás le des el calor que necesita, pero si lo apretas demasiado, acabas
asfixiándolo. Hay que saber soltar
la mano, darles libertad a esos pajaritos que son nuestros hijos. Y
relajarnos. Le van a pasar cosas malas, va a equivocarse… pero tratar de
evitarle eso es tratar de evitarle la vida. Respira, confía, y, como dicen
los empresarios: delega. Déjale hacer.
-
Un
consejo, ya a nivel personal: no te acuestes todas las noches siguiendo el
mismo ritual. Sal a cenar un día, lee otro, mira la tele el
siguiente. La rutina y el orden son necesarias y nos ayudan a organizar un
buen número de tareas, pero como acaben llenándolo todo en nuestro día,
al final se nos puede ir creando una sensación de vacío por ahí dentro. Y
es que el cuerpo quiere guerra: quiere que le des sorpresas, y si no las
tiene, se marchita un poco para avisarte.
-
El
orden y este tipo de cosas tienen su importancia. La decoración
también. Tienen el valor de las cosas bien echas y de las cosas
compartidas. Todo debe estar dispuesto de tal forma que a todos nos resulte
cómodo. Pero para eso, todos deben participar, tanto en lo de recoger, como
en lo de elegir las cosas.
Sobre lo primero, sobre lo de recoger, la
limpieza y demás… hay que empezar a quitarse un viejo tabú que decía que la
limpieza de nuestra casa demostraba a los demás cómo somos. Es mucho más importante pasar un rato jugando con los niños o
hablando, que dedicar ese tiempo a quitar las últimas motas de polvo de la
casa.
Coge
un trozo de papel y crea tu propia lista de cosas que sientas que te faltan.
Piensa bastante en ellas, trázate algún plan, prioriza y después de todo
ello, guárdala o quémala. ¡Tranquilo! Es saludable recordarse las cosas de
vez en cuando, pero más saludable aún es saber escucharse uno a sí mismo, y
para ello, lo mejor es la práctica. Dedicarse uno tiempo para pensar en lo que
es la vida, qué pasaría si mañana, como le ocurre a millones de personas, nos
aconteciese una desgracia. Pensar, por ejemplo, en el futuro, en cómo nos
gustaría que fueran nuestros hijos, y nosotros mismos el día de mañana.
Pensar así, al fin y al cabo, es como coger el avión ese del que habábamos.
Una de los ejercicios
más habituales que los psicólogos recomiendan para aumentar la autoestima, es crear
una lista con nuestras cualidades. Cada noche deberemos incrementar esta
lista en tres más. No es necesario que sean únicamente cualidades, pueden ser también
hechos o cosas buenas, bonitas o simplemente que nos hallan gustado del día.
Este ejercicio hay que realizarlo como mínimo durante un mes. Aunque te parezca
increíble tiene resultados muy positivos.
SEÑALES
DE ALERTA
Uno no
suele darse cuenta de que va perdiendo la sonrisa,
porque eso lo vas dejando poco a poco. Por eso conviene darse de vez en cuando
un paréntesis y auscultarse un poco por ahí dentro. ¿Cómo estoy de ánimo?
¿Cómo vengo estando?
A veces estamos ya tan metidos en una ruleta de
cosas que ya no basta con preguntarse así, en plan “ser o no ser”. A veces,
lo que hay que hacer, es justamente fijarnos
en el reflejo de nosotros que vamos dejando allá por donde pasamos.
¿Te irritas con facilidad? Tu hijo te hace
alguna jugarreta y notas que, en vez de manejarle tu a él con educación y
sentido, explotas. Llegas a casa y en lugar de sentirte como el náufrago que
llega a la isla te notas cómo el que se ha perdido en medio de un desierto.
Cada vez te hace menos gracia pasar tiempo con la familia. No sueles repasar la
jornada, pero si lo hicieras, serían más los pesares que las alegrías que
sentiste.
Si algo
de todo esto te está pasando… ¡MUCHO CUIDADO!
Puede que estés metiéndote sin darte cuenta
en una zona de bajas tristezas.
¡Búscate estrategias para salir de ello! ¡Coge
un avión, lee este artículo!
Haz lo que quieras, pero cuídate, porque si hay algo que los que te rodean no pueden perder, es
a ti, a la versión más enérgica y feliz de ti. Tu alegría es como un sol
para tus pequeños. Porque, no se si sabes, la autoestima y el optimismo también
se contagian. No les prives de ello.
Ramón Muñiz.
|
Otros
artículos de interés relacionados
|
|
|