Todo lo
que sube, tiene que bajar. Todo lo que sale, tiene que volver.
Este
podría ser el lema del difícil mes en el que nos encontramos, una época donde
nos toca volver a la realidad, asumir las obligaciones. Y, ¡ay! A veces nos
quejamos por lo difícil que es difícil evadirse un poco de la rutina levántate-pronto-el-desayuno-hay-que-ir-al-cole-limpiar-lavar…
, pero cuando lo consigues y le has cogido el gustillo, ¡lo que de verdad
cuesta es volver a la vida de siempre!
Ay. Nos
las prometíamos felices el primer día. Allí estaba, al fin, un buen sitio
donde dejar al pequeño. En lo alto decía bien claro el letrero “escuela”.
En lo bajo descorchábamos nuestra alegría: por fin libres.
Pero no.
Resulta
que cuando tu hijo va a clase, tu vas a clase. Y cuando tiene examen, tu tienes
examen. Y eso lo complica todo muchísimo. Hasta le infinito.
Rutina,
¡vuelve a mi!
“No se
qué me pasa. Se que tengo que hacer cinco cosas por la tarde, como antes, pero
no les tengo cogida la medida. Me pongo por ejemplo con los deberes de los niños
y me olvido del reloj de tal forma que se me puede echar la cena encima” dice
Ángela, madre de tres pequeños “angelitos.
Pues sí.
Resulta que tanto renegar de la rutina, y ahora es la única que puede ayudarnos
con esa marabunta de cosillas que se nos acumulan día a día. Y es que todo
tiene su lógica, su equilibrio, y su lugar: al marchar de vacaciones nos fuimos
no tanto huyendo de la rutina como del EXCESO de rutina. De todo se cansa uno y
hay que airearse de vez en cuando.
Pero
ahora, al volver a casa, necesitamos esa rutina, esa maña, esa habilidad que
nos hace priorizar las tareas y darle a cada cosa su tiempo. Sin dominar esa
práctica,
las cosas parecen sobrepasarnos, nos sentimos perdidos y empiezan a arreciar los
nubarrones del “¡sácame de aquí!” “¿por qué hemos vuelto?” o el
peor de todos. “Cariño, creo que tengo un síndrome post-vacacional”.
Estamos
ante lo que cualquier sesudo científico llamaría “coger el ritmo”. Y eso
nos cuesta a todos.
“Antes
de las vacaciones mi niño iba a clase, unas tardes hacía deportes y otras las
pasaba con un profesor. Ahora solo decirle que me acompañe un rato al parque
parece que ya le cansa” cuenta Mariana.
Y es
que, volver a coger el ritmo, es un proceso lento que ahora nos va a costar un
mundo. Hay que ponerse las pilas (y más vale que vengan cargadas de las
vacaciones) porque esto desgasta. Por eso, dos leyes sagradas: comer bien y de
forma cuidada, y dormir las ocho horas pertinentes. Sin esos dos principios no
hay bicho humano capaz de levantar lo que se nos avecina.
Y por
supuesto, ninguna receta queda completa sin unas dosis de paciencia. No intentes
tener todas las tareas a rajatabla desde el primer día. Hay que ir asumiendo
las cosas poco a poco, sabiendo dejar para mañana lo que no puedas hacer hoy, y
sin remordimientos. Si no se puede, no se puede, y ya está.
Todo
esto que ahora nos pasa es muy normalito, así que, nada de empezar a maldecir
las vacaciones. Hay padres que ahora, cuando ven lo que les cuesta de nuevo
encauzar a su hijo empiezan a lamentarse. Desean que el hijo esté otra vez ahí,
como un reloj, como si el verano no hubiera pasado. Nada de eso. A todos nos
cuesta empezar, ir afinándonos. Pero ya sabéis lo que dicen: la mitad del
trabajo está en empezarlo.
Ahora
somos como esos osos, que, poco a poco, perezosos ellos, se despiertan del
letargo. Primero se cercioran de haber abierto los ojos, luego se sacuden la
cara, después se levantan, miran a los lados, y al final, pero solo al final,
empiezan a andar al supermercado para hacerse con algo de comida.
Pues
igual nos pasa: poco a poco despertamos de la siesta que ha sido el verano, bien
descansados, relajados, y con más ganas, responsabilidades y tareas que acierto
en llevarlas a cabo. ¡Es normal! ¡No hay ningún problema en ello!
Una
semana, dos como mucho. Nos vemos entonces. Ya veréis como os habéis acabado
de despertar.