No ha llegado todavía al mundo y ya se comporta como una estrella, haciéndonos esperar a este lado del parto. Los bebés son así, caprichosos. Ya puedes haberles preparado la mejor de las cunas, que ellos nada,
no se dan por enterados. Total, como ahí dentro se lo dan todo hecho, pues decide “okupar” y se queda unas semanitas más. De relax.
Esta situación, que puede acabar con la madre ya con su primer ataque de nervios, es terriblemente habitual. Aunque hayamos adelantado mucho en medicina, aunque nuestra obsesión de tenerlo todo bajo control nos haga pensar que en efecto lo hemos logrado, la verdad es que esto de
esperar el nacimiento no es como aguardar por un avión. Aquí los retrasos están a la orden del día,
principalmente porque “la agencia de viajes” no sabe tampoco sabe
exactamente el día y hora a la que vendrá el señorito.
En teoría la primera ecografía le permite al médico o a la obstetricia empezar a daros fechas. Pero luego, con las siguientes ecografías, irás viendo como esa fecha empieza a bailar, y hora se adelanta, hora se retrasa.
Luego está el asunto de las herencias. ¿Cómo naciste tu? Si te retrasaste, es posible que tu hijo siga tu ejemplo. Es uno de esas bromas que tiene el destino, que te permite ahora experimentar en carne propia estos dulces momentos por los que le hiciste pasar a tu madre.
Pero, ¿se puede saber qué demonios estás haciendo ahí dentro?
Nuestro peque es previsor: sabiendo lo que le espera del otro lado, las últimas semanas deja ya de consumirlo todo y empieza a acumular reservas.
¿No has oído eso de que los niños vienen con un pan bajo el brazo? Bueno, pues no es exacto: vienen con el pan
comido, acumulado, bien guardadito.
Así que, ya sabes, no está de vacaciones, está cogiendo peso y de paso empezando a envejecer: es decir, dejándose crecer un poco el pelo…
De todas maneras, trata de mantener la calma y no añadirle más tensión a la situación. Esto es normal, todo está saliendo bien, y, ya sabes, los buenos siempre se retrasan pero también siempre aparecen, y en ese momento se les aprecia aún más.
Además ahí está Placenta, ese hotel en el que vive
y que se encargará él mismo de desalojarle a partir de la semana 41. Eso pone el contrato. A partir de ahí, el niño dejará de ser tratado como un rey y se le empezará a cortar los suministros para animarle a que desaloje.
Eso es lo que hace la placenta a partir de entonces: dejar de funcionar tan sumamente bien. Por ese motivo, a partir de la fecha dicha,
los médicos te seguirán bien de cerca para comprobar que el líquido amniótico no disminuye
demasiado, lo que significaría que la placenta está envejeciendo demasiado como para que ese okupa se empeñe en seguir allí.
Los médicos, por cierto, también se solidarizan con el arrendador: a la mínima duda, ellos mismos se pondrán a la obra e invitarán amablemente al bebé a dar la cara. No está estipulado en días, pero si ven que la cosa se prolonga demasiado, intervienen. Ellos también están deseando oír como da ese primer grito. Como tu, como todos. Pero, una vez más, tranquilidad. Si se retrasa piensa solo que es que le has atendido tan bien cuando ahí dentro que le está costando ahora despedirse. Pero no te preocupes que ya viene.
Si ahora le pusieran un micrófono, sonaría algo así como un “ya voooooooyyy”. Lo mejor es irse acostumbrando ya a esta frase.