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Pedirle perdón también es una lección


Equivocarse es humano, pero para nuestro hijo nosotros somos superhéroes. Cree que todo lo sabemos y todo lo hacemos bien. ¿Conviene pedirle perdón? ¿Y cómo lo hacemos para seguir siendo su pilar?

Nos pasamos el día diciéndole a otras personillas todo lo que tienen que hacer y no hacer, lo que se equivocan, lo que hacen bien y mal. Somos como jefes en una oficina: orgullosos, cabezotas y sabelotodos. Somos Padres, si señor. 

Pero también somos humanos. Nos equivocamos, con él y delante de él. ¿Qué hacer entonces? ¿Qué debemos hacer los padres cuando nos equivocamos con nuestros hijos?

PADRES COMO ROCAS...

Muchos padres quieren ante todo dar una imagen de firmeza ante su hijo. “Somos el espejo donde ellos se ven reflejados, y hay que dar ejemplo”. La intención es buena, y tienen mucha razón en una cosa: los padres tenemos que preocuparnos de hacer fuertes a los niños, y para eso hay que darles referentes sólidos. 

Un hijo dijo el otro día en la televisión, hablando de su padre, que “ante él mis problemas se disolvían como un azucarillo”. Son padres-pilares. Ese tipo de padres que lo arreglan “todo, todo y todo”.

Pero esto nos lleva a un problema tan viejo como la humanidad. Necesitamos imágenes que nos guíen, ídolos. Desde la antigüedad nos hemos rodeado de historias de seres infalibles, que nunca se equivocaban y nos daban ese ejemplo para que nos superásemos. Nosotros somos eso para nuestros hijos: la referencia, lo seguro. “Si quiero saber si algo está bien o mal, lo mejor es preguntarle a papá”. Un poeta, hablando de ese papel firme que cumplimos, llego a decir que “madre es el nombre de Dios puesto en la boca de los niños”.

... PERO, ¿QUÉ SABRÁN LAS ROCAS DE PATERNIDADES? 

El problema es que no somos ídolos, ni imágenes. Y desde luego, no somos dioses. Somos personas, y las personas se equivocan. Cometen errores. Llegan a casa después de un mal día y se enfadan con facilidad. ¿Quién no ha reñido a su hijo por algo que luego no había ocurrido como creímos? ¿Quién no le ha contado una mentirijilla que luego él ha descubierto? A veces discutimos delante de él y se nos puede escapar alguna palabra (o conducta) impropia. 

¿Qué hacemos entonces? ¿Mirar a otra parte? ¿No pedirle perdón pero jugar más con él?

CUANDO NO RECONOCEMOS NUESTROS ERRORES...

  • Nuestro hijo puede pensar que esa conducta nuestra está bien, así que la repetirá. ¿Habéis soltado alguna vez una palabrota delante de él? Lo normal es que luego él la repita (es una palabra nueva e impresionante, y además la utiliza papá así que está bien decirla). Y así pasa con cualquier equivocación o defecto.

  • Además, si él capta que lo que ocurre es que no queremos reconocemos ante él nuestro error, puede caer en la misma cabezonería [y a esto de cabezones, no hay ser humano capaz de ganarle a un niño]. ¿Qué nos ve pelearnos y observa que uno, sabiéndose ya equivocado, no lo reconoce por orgullo? Pues entonces es muy fácil que él siga continuando ese error.

A PEDIR PERDÓN SE ENSEÑA DANDO EJEMPLO

Saber reconocer uno sus propios errores es una lección muy importante en la vida. Con demasiada frecuencia le ponemos un orgullo inútil a este tema. Y eso nos lleva a sentirnos mal si reconocemos que nos hemos equivocado, que tenemos defectos. Nos llegamos a sentir mal haciendo algo que está bien.

Por eso, porque queremos enseñarle a nuestros hijos a hacer bien las cosas, tenemos que superar el orgullo y enseñarles a pedir perdón no con largas charlas sobre la humildad, si no pidiéndole nosotros a él perdón cada vez que nos equivoquemos.

LO QUE DICEN LOS QUE SABEN

¿Cómo quieres que tu hijo te pida perdón cuando se equivoca, su tu a él nunca le has reconocido tus errores?”, nos decía acertadamente ese sabio llamado Bernabé Tierno.

"Hay que olvidarse de la perfección porque eso solo lleva a que el chaval diga “papá, eres inimitable”, y ni lo intente. Como padre tienes que llegar y decirle “hijo mío, me he equivocado, tu padre es humano también, y ha metido la pata. Acabo de darle un grito a tu madre y me he portado mal porque así no se hacen las cosas”. Eso va a hacer que al día siguiente te llegue tu hijo y te diga “oye papá, me he equivocado yo también”.

PERO... ¿Y NUESTRA REPUTACIÓN?

Somos más mayores, mucho más expertos. Les sacamos tanta ventaja que a poco que hagamos, nuestros hijos ya nos van a tener como auténticos superhéroes. Más fuertes y sabios que nadie. 

Por eso podemos permitirnos de vez en cuando reconocerle que nos hemos equivocado, y no por ello dejaremos de ser su columna en la vida.

A los niños pequeños aún se les puede engañar. Pero es que cuando les cae la adolescencia encima, su edad les va a volver egoístas, atrevidos, chulos pero encima y todo, lo suficientemente inteligentes como para ver esos errores y defectos que antes intentábamos ocultar. Para él puede ser un palo muy grande darse cuenta, uno a uno, de todos esos engaños, y, aunque no fueran con mala intención, es fácil que nos lo haga pagar con una pérdida de confianza terrible a esta edad.

EQUIVOCARSE ES HUMANO

Porque al final, el no andar reconociendo uno sus propios errores y lagunas, no nos hace fuertes y seguros con lo que tenemos. Es como ir apoyándonos en una muleta hecha a base de mentiras, de esconder algunas cosas nuestras. Una muleta muy débil, porque esas cosas están ahí y algún día nuestro hijo también las verá.
El mundo está ya demasiado lleno de gente que se hace fuerte así, a base de no reconocer sus errores. No vayamos a crear a uno más de estos porque nos iría a todos mejor un poco más de humildad.

“La causa de mi superioridad es que no tengo corazón”, decía, fuerte como una roca e insolente con su adolescencia, un escritor llamado Rimbaud. Actuar así es un error. Como padres, tenemos que demostrar que sí tenemos corazón, emociones y equivocaciones, y la auténtica causa de nuestra superioridad es que sabemos muy bien qué hacer con ellos así que no necesitamos esconderlos para parecer más fuertes.
Lo superior no está en negarse, si no en saber qué hacer uno con todas estas cosas tan humanas.

QUÉ HACER:

  • Antes que nada, no nos viene mal un examen de conciencia. Conforme nos hacemos mayores, vamos apartando poco a poco la autocrítica. Los años nos traen eso de que “ya soy muy mayor para cambiar” o “no tengo tiempo para pensar en eso” (eso que es uno mismo). Son frases enemigas que nos vuelven cabezotas, cerrados y poco humildes. ¿Somos exactamente como queríamos ser desde pequeños?

  • Si tuvieras tiempo y ganas… ¿qué te gustaría cambiar de tu personalidad? ¿con qué estás menos conforme? Piensa que eres el ídolo de tu hijo en lo que quieres y en lo que no te das cuenta. A lo mejor hay formas de actuar tuyas, como por ejemplo la timidez, que, bueno, las tienes y las aceptas, pero, ¿te gustaría que tu hijo pensara que eso es lo ideal?

  • Habla con él de ello. No es necesario ni conveniente martirizarse delante del niño, pero si demuéstrale qué cosas de nosotros no debe tomar como ejemplo y que uno puede hablar con naturalidad de sus defectos.

  • ¿Le has gritado demasiado? ¿Has tenido delante de él un comportamiento que no quieres que aprenda? Pues para ello solo hay una forma: decirle que nos hemos equivocado. Y que esas cosas, cuando pasan y uno lo siente, debe reconocerlo.

QUÉ NO HACER:

  • Por darle seguridad a él, nunca reconocer que nos equivocamos. No somos perfectos, pero eso no es un problema.

  • Insultarle u ofenderle si hace algo mal. La mejor forma de corregir una mala actuación no es cayendo en estas agresividades, que si alguna vez parecen funcionar lo que están haciendo es que al final el niño solo cambio cuando alguien le meta miedo. Hay que exigirle que haga bien las cosas, sí, pero hay que explicárselas, tener paciencia sabiendo que es un niño, y, si aun así hace mal algo, castigarle para que vea que tiene consecuencias, pero castigarle quitándole algún premio que tuviera antes, algún privilegio. Nuestro cariño por él debe estar por encima de sus equivocaciones. Hay otras formas de hacer que cambie su actitud.

  • Si nos critica por algo, si dice que nos hemos equivocado, despreciarle por que “es muy pequeño”. Dialoga con él, pero sabiendo que a lo mejor él puede tener razón (a veces pasa) y, si es el caso, que no te cueste reconocérselo.

  • Compensar un error nuestro queriéndole más, comprándole regalos o prestándole más atención. Todo ello le puede llevar a grandes confusiones. Puede pensar entonces que es mejor que hagas las cosas mal, o que puede equivocarse y perseverar en el error si luego coge y, a la persona que ofende, la trata de “comprar” o le presta más atención. Esa forma de compensación a la larga debilita mucho a las personas.

 

Artículo elaborado por Ramón Muñiz Abad.

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