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Lisboa, la ciudad de las siete colinas
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Buenos días. Ante todo, presentaciones: soy una página de Internet, pero también puedo ser su guía turístico. Si ponemos un poco de fantasía, visitaremos Lisboa en las líneas que siguen. El plan puede parecer complicado: esto es una pantalla y yo, un puñado de letras alineadas.
Pero el premio merece la pena. ¡Estamos de rebajas! El billete solo cuesta un poco de imaginación, y permite, así en unos minutos, hacer turismo a pelo, sin maletas, desde casa o la oficina.
¿Esta listo ya?
Pues vámonos, que esto es Internet, y aquí el tiempo vuela.
LISBOA: SUAVE COMO UN CAFÉ AL ATARDECER
Lisboa es el fin. Aquí llegan todos los caminos (las autopistas, los trenes, y nuestra pequeña ruta de la fantasía) y todos terminan hechos agua, fundiéndose con el mar. No hay nada más allá. Antes, cuando la Tierra era plana, aquí se acababa el mundo, y aun hoy las cosas no han cambiado tanto.
Lisboa late a fuego lento, suave, dulce. Aunque no hayamos puesto un pie en ella, siempre nos están llegando ramificaciones de lo que crece en este lugar del mundo. ¿Quién no ha oído
el portugués, ese idioma suave, hecho para agradar al oído? ¿O el fado, la música que se hace caricia?
Ese sentimiento tan agradable aquí se hace ciudad y se hace gente, se hace atardecer y se hace río, se hace sonrisa y conversación… se hace Lisboa.
Y, amigo, si lo que quieres es visitarla desde estas palabras, lo primero será dejarnos llevar por ese tranquilo sentimiento [se recomienda fervientemente hacer este viaje acompañado de un buen disco de música del lugar].
Dicen que los pueblos que crecen cara al mar acaban llevándoselo un poco dentro. Están en el perímetro, en el confín, y la única salida que tienen, si quieren expandirse, es enfrentarse con el bravo mar. Eso marca carácter. De aquí la gente cuando salía lo hacía para descubrir países que no estaban en los mapas. Rutas, que hoy, siglos después han acabado hermanando culturas.
De ese aventurar de antes queda en Lisboa hoy una increíble riqueza cultural. Por todos los rincones de la ciudad
hay rastros de judíos, de árabes, de romanos, pero también de africanos, de brasileños.
Estamos en una capital europea, sí, pero una capital muy abierta al mundo de todo el mundo…
… y al pasado. Para una raza como la nuestra, la de los turistas capaces de viajar por Internet, nada hay mejor que
una ciudad que ha sabido conservar su pasado espolvoreando aquí y allá unos toques de modernidad, los justitos para hacernos la vida más fácil. Así hoy podemos disfrutar de buenas comunicaciones, barrios de compras, y una atención de primera, sin que por ello el turismo haya convertido la ciudad en un parque de atracciones.
LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS
Ya sabemos como se siente estando en Lisboa. Ahora tenemos que saber cómo se ve esta ciudad.
Lisboa es la ciudad de los colores, quizás la única de Europa donde la gente tiende aún la ropa en la calle y llena de flores sus balcones. Estamos en un sitio de época, donde aún llegan desde el puerto hasta las calles esos aires coloniales que tanto se ven en la arquitectura de muchas de sus casas que hoy se mantienen solo para atestiguar que en otros tiempos fueron lujosas y hoy solo pueden ser elegantes.
Por cierto que hablando de calles, aquí hay un problema. Lisboa es una ciudad que se ha asentado sobre siete colinas, lo que hace que, la calle que no es retorcida, es empinada como ella sola. Afortunadamente
viene del pasado una ayuda en forma de tranvía: imprescindible para no acabar con los gemelos pidiéndonos una repatriación de urgencia.
Del pasado también llegan los limpiabotas, los puestos en la calle, y sobre todo, el aroma de los cafés. Estamos en una ciudad que ha hecho de estos lugares toda una institución, y no es para menos. De las tertulias y charlas que animan estos lugares ha salido literatura como para llenar una biblioteca, una biblioteca que de hacerla sería obligado llamarla Fernando Pessoa, el héroe de la ruta, aquel que escribiera para nosotros:
“La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”.
Para degustar este costado de la ciudad tendremos que dirigirnos a los CAFÉS DE LA
BAIXA, una zona hoy reconstruida. Y es que la ciudad ha sido tratada con saña por la naturaleza: en 1755 la destrozó un terremoto con aires de “tsunami”, en 1988 fue un incendio el que carbonizó el barrio del Chiado, a un lado de la Viaza, y, no contentos con los estragos naturales, después vinieron los políticos y montaron en la ciudad una Exposición Universal, que si bien modernizó bastante la ciudad, lo hizo a costa de emplazar algunos hoteles “excepcionales”, tanto por el tamaño, como por lo que suponen de rareza respecto al estilo que puebla la ciudad.
Pero ahora que tenemos una imagen panorámica de la ciudad de las siete colinas, ¿qué tal si cogemos uno de esos autobuses que nos enseñan…
LOS 5 PRINCIPALES RINCONES DE LA LISBOA
AVENIDA DA LIBERTADE: Es la arteria principal, la Gran Vía de Lisboa. Una extensa calle con la que vamos atravesando la ciudad, siempre a la sombra de los árboles. El kilómetro cero de todo turista está en
LA PLAZA DO ROSSIO, a donde confluyen todas las cámaras fotográficas de todos los turistas, originando de cuando en cuando pequeños atascos y extraños fenómenos paranormales cuando todos a una accionan el flash.
Aunque para fenómeno, el de la estatua que preside el lugar, que corresponde a la de Maximialiano de… ¡México! Cuentas los libros de historia que a un escultor francés le habían hecho dos encargos, este desde México, y otra estatua del rey Pedro IV para Lisboa.
El azar, o el mal obrar, hizo que los envíos se hicieran confundidos, y que tanto en México como en Lisboa, nadie se diera cuenta del entuerto durante años y años, hasta que cuando se apercibieron del equívoco, los que llevan estos asuntos creyeron que lo mejor era ya seguir cada uno con su estatua.
Y de este gracioso modo se puede decir que cada glorioso rey “invadió” el país de su semejante con la astucia de camuflarse. Una curiosa broma del destino.
LOS COMERCIOS DE BAIXA: Y es que lo tiene todo esta zona. No solo los cafés tan bohemios y de época. Aquí también se concentran, bien ordenadas por unas calles hoy echadas con tiralíneas y acicaladas para el turista, pero antes de que el fuego obligase a su reconstrucción, el barrio era la zona destartalada de Lisboa. La destartalada y la de los artistas, como es de rigor.
La manera más curiosa de abandonar el barrio es hacerlo mediante EL ASCENSOR DE SANTA
JUSTA, utensilio capital y del que no convienen mofarse pues nos ahorra grandes esfuerzos de transporte a la par que nos regala una buena panorámica a los ojos.
MIRADORES:
Con tanta colina, lo raro será que no encontrásemos alguno por el camino. Los que saben, dicen que el que no te puedes perder es el del
CASTILLO DE SAN JORGE, al que le han hecho un lifting más que necesario: aquí se originó Lisboa, hace ya 3.000 años. Y hoy el turista tiene una de esas vistas que abarcan toda la ciudad, una de esas desde la que se puede decir con gran pomposidad aquello de “algún día, hijo mío, esto tampoco será tuyo”.
Y puestos a mirar y admirar, a la hora del atardecer hay que afanarse para conquistar el
MONUMENTO A LOS DESCUBRIMIENTOS, desde cuyo mirador veremos cómo el Tajo se funde con el mar, y todo esto con el sol menguando, lo que crea uno de los momentos más mágicos de la visita. Si nos da por echar una foto desde el sitio veríamos también…
LA TORRE DE BELÉM Y EL MONASTERIO DE LOS JERÓNIMOS: Visita ideal para familias con inquietudes culturales, niños pacientes, y ganas de disfrutar de la historia. Se trata de una construcción gótica… y no obstante de tonos blancos, una de las razones que la hacen única en el mundo.
¿Y PARA COMER…
Ahh. Sabemos como se siente Lisboa. Sabemos como se ve, pero ahora queremos olerla y saborearla.
Como en toda la costa atlántica ibérica, estamos en tierras de buen yantar donde podemos escoger
buenas carnes, pescados y, claro, vinos.
Si optamos por un plato marino, lo ideal es degustar el BACALAO en una de sus infinitas variantes, y es que este es un pescado cuyo sabor puede ser radicalmente distinto en función de cómo lo preparen. El marisco, por supuesto debe acompañar la mesa, sea en platos, raciones, o “cataplanas”.
En cuanto a las carnes, nos podemos dejar sorprender con el COCIDO al estilo portugués o podemos tirar más por
CABRITOS y COCHINILLOS.
En la mesa, nos hará dulce compañía un BUEN VINO en cualquiera de las gamas que por esta tierra se estilan (el vinho verde, los de Oporto y Madeira, …).
Y no olvidemos probar, si tenemos la oportunidad, alguno de los QUESOS de estos alegres y simpáticos vecinos, cuya cercana tierra nos espera, siempre, al final de fantasías como esta.
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