Dependiendo de la edad, los niños tienen motivos y
soluciones distintas a eso de “hincarle el diente “ al prójimo
El
que el niño o niña muerda en un principio puede
resultar hasta gracioso: ¡uy! Pero si me ha mordido, pobrecito le dolerán los
dientes… más de lo que a mi el brazo.
Puede
incluso, ser un don que recibamos con alegría: sucede a veces que el
pequeño va creciendo como un monstruito desdentado y, sin saber como, un día
va y te pega un bocado para anunciarte que ya si, que ya le germinaron los
incisivos. La alegría suele durarnos lo que tardan los demás niños y
cuidadores en llamarle “el terror del parque” o “la fiera de la guarde.
Los
que tienen alguna experiencia en esto de la pa- y maternidad, no consideran
“anormal” esto de los mordiscos: saben que este pequeño juego no anuncia
ningún tipo de comportamiento violento, ni ahora ni en el futuro. Suele ser
bastante frecuente entre edades comprendidas entre los 18 meses y la edad
preescolar, siendo la temporada más “incisiva” entre el año y el tercer
cumpleaños.
El
porqué muerde depende de muchos factores relacionados con su fase de
crecimiento. Para situar lo antes posible a nuestro mordedor infatigable haremos
un esquema según las diferentes edades y épocas de este simpático “animal
doméstico” que es el niño mordedor:
El bebé: el mordedor explorador
El
bebé es nuestro mordedor explorador: la boca de los bebés es el órgano más
desarrollado y es su canal de comunicación y de recepción de la mayoría de
los estímulos.
Cuando
un bebe muerde el pecho o el hombro de una persona está utilizando el mejor
canal que tiene para saber más sobre el mundo que le rodea (para él, es
como si entablase una conversación: no tiene palabras ni movilidad para
saber cómo son las cosas, así que las mordisquea para saber más).
Además,
el aprendizaje basado en causa–efecto [voy a morder a ver qué pasa…
ah, vaya, parece que se ríen y que además está rico, bueno, entonces seguiré
un poco más], le resulta divertido, novedoso, y va a marcarle su desarrollo
posterior.
El
que nuestro bebé muerda, en la mayor parte de los casos, suele ser parte de su
forma de expresarnos la alegría y emoción, con lo que ahí lo que tenemos que
hacer es seguirle el juego con músicas, cosquillas en la barriguita…
Ahora
también es cierto que resulta peligroso el saber que “todo se lo va a
llevar a la boca” y aunque sea esta su manera de conocer el mundo, no todo
lo que se encuentra por el suelo se puede morder y no todas las personas o niños
se merecen un mordisquito de vez en cuando, en estos casos un “No” con
rotundidad basta [aunque por si acaso, ya sabes, no le quites un ojo de encima]
No
hay que olvidar tampoco que esta época es también el fantástico momento en el
que sus dientes están presionándole las encías. Es una sensación molesta,
y algunos niños alivian el fastidio mordisqueándolo todo. En estos casos
es necesario que lo hagan claro, pero con control, no todo vale para ser
mordisqueado.
Recomendamos
mordedores así como galletitas especificas para su dentición, que aliviarán
la presión que les produce sus nuevos dientes en sus encías.
De 18 meses a 3 años de edad: el mordedor
por limitación
Ante
nuestro mordedor se abren demasiadas puertas: necesita habilidades sociales,
autodominio, necesita más capacidades lingüísticas, necesita controlar el
ambiente y, (y aquí llega lo importante) como no lo siempre puede, pues muerde.
Es
cierto que en el anterior mordedor, el experimental, hemos visto como la
percepción del mundo era trasmitida por el mordisco, el gusto y la boca. Pues
nuestro mordedor frustrado aun recuerda esa capacidad y en muchos de los
casos usa ese lenguaje primitivo para relacionarse con el mundo: igual que
con el anterior mordedor, aún no tiene bien definido el sentimiento de empatía
que le haga discernir esas filosofías de que “el morder a otro/a duele”.
Además
sus intentos de lenguaje o no se comprenden lo suficientemente bien o no se
respetan, lo que irremediablemente le lleva a la perdición de los mordiscos.
El
mordisco llega a ser un lenguaje propio que puede designar desde la alegría y
emoción más absoluta hasta la tristeza o el aburrimiento. Recuerda que el niño
aun no es capaz de separar sus propias emociones y mucho menos de controlarlas.
Esta
suele ser la edad más conflictiva, y pueden sucederse incidentes con
otro otros niños/as, cuando este desee la atención de otro adulto, cuando
quiera el juguete de otro niño... [cuando haga sol, cuando no lo haga…]
Hay
que consolar en primer lugar a la víctima y tratar con desaprobación el acto,
aunque sepamos que la intención de nuestro niño no era hacer daño, pero es
importante no demostrar esa atención que el niño pedía, ni siquiera con una
regañina y sobre todo no hay que caer en esa brillante idea de “devolverle el
mordisco al niño”, para que así se entere de lo que duele: la violencia
no es un lenguaje, ni siquiera como demostración.
Lo
primero que se debe intentar es dar a nuestro niño un lenguaje apropiado y
efectivo para expresar sus sentimientos, o para pedir lo que quiere. Para ello
es importante que cada vez que esto ocurra le felicitaremos con todos los
elogios que solo un padre/madre sabe hacer –“muy bien pepito/a, no te
preocupes que ahora lo solucionamos”.
Niños de edad preescolar: el mordedor por “buenas
razones”
Esta
edad es menos frecuente que nuestro niño muerda, porque ya comienza a tener un
lenguaje que le sirve de expresión y de acercamiento con los demás. Muchos niños
a esa edad ya tienen el suficiente “don de gentes” necesario para expresarse
sin demasiadas frustraciones. Sin embargo existen otras causas, no menos
importantes, para volver al mordisco:
En situaciones de peligro el niño muerde como autodefensa, es su manera
de recobrar el control de la situación. Asegúrate de que sus posesiones y
ambiente en ese momento están bajo control, sus juguetes, sus amigos, su
familia..etc. Podemos hablar de un nivel de estrés, quizás un cambio de
escuela, el fallecimiento de los abuelos, separación de los padres o que uno de
los dos se ausente por motivos de trabajo…etc.
En
cualquier caso el niño requiere un cariño y una atención extra,
intentando que esté lo más tranquilo posible en un ambiente de lo más
relajado. También habría que desaprobar el acto con los métodos antes
mencionados, un “No” rotundo pero sin dramatismos que puedan asustar al niño
o hacerle sentirse culpable por encima de lo estrictamente necesario.
Lo
más importante es el cariño y la tranquilidad, en el mundo del niño hay algo
que se está moviendo y debemos averiguar de qué se trata. Para ello,
seguimiento, atención y paciencia.
Hay niños que muerden por poder personal: el morder a otros niños les
refuerza su propio control y autonomía, ante estos casos lo importante es ensañarle
y fortalecer las actitudes sociales positivas como, compartir, pedir perdón con
un abrazo o dar las gracias. Hay que reforzar las positivas y felicitarle bien
por ellas, si el niño recibe atención
cuando no muerde no le será necesario recurrir a actitudes agresivas para
recibir la misma atención o para reforzar su propia persona.
CONSEJOS PARA EDUCAR A NUESTROS “MORDEDORES”
-
La violencia no es una respuesta emocional, la violencia no es un lenguaje ni
nos debe servir como ello, sabido esto: no nos vale un azote o un mordisco
“para que veas cómo duele”. Hay que responder de manera educacional y ante
todo con un uso del lenguaje lo más apropiado posible.
-
Si el niño está muy alterado, darle unos minutitos de descanso entre juego y
juego. De una manera muy sutil y sin romper el ambiente de recreo.
-
Sin dramatismos, ni exageraciones, que puedan asustar o ridiculizar al niño
delante de otros niños.
-
No hay que permitirles que muerdan en casa porque si lo hacen en casa también
lo harán sin ningún reparo en el parque o el la guardería. Como siempre, una
cooperación entre el educador del centro y los padres es una buena iniciativa,
el educador sabrá dar respuestas positivas y los padres conocerán
perfectamente el carácter y la conducta del niño.
-
La regañina no es un premio a una desacertada llamada de atención, no hay que
hacer de la regañina una atención más enfatizada. Si no lo que conseguimos es
recompensarle donde intentábamos reprenderle.
-
Observar el comportamiento de tu niño y los
estados que le inciden en morder ¿está cansado o aburrido? ¿se siente
feliz? ¿le han cogido su juguete?
Cuando,
cómo y a quien muerde. Mantener el cariño y la comprensión son las claves de
este episodio memorable en la vida de tu hijo, que algún día y con un poco de
suerte recordareis entre risas…..
¿Recuerdas
cuando mordiste al vecino de abajo?…¡Madre mía! Tu abuelo no sabía dónde
esconderte…