Al extinguirse en el Mediterráneo, el Ebro, río caudaloso donde los haya, lleva siglos vaciando los detritos y tierras que arrastra desde los Pirineos. Así, paciente y constante, lleva siglos modelando un lugar caprichoso, en el que la tierra se adentra al mar. Dunas, salinas y lagunas forman una inmejorable oferta hotelera para aves y peces de todas las variedades. Un Parque Natural que cambia despacio pero constantemente, al ritmo de aguas y sedimentos.
Lo que más llama la atención es el tiempo. No trascurre igual que en otras partes.
En la ciudad el tiempo lo marcan las personas y sus obligaciones: como somos muchas personas, al final hemos juntado muchas obligaciones que acaban agitando y estresando al pobre tiempo. En cambio en el campo, el tiempo está detenido. Si se mueve es porque lo empujan los cambios de clima: hoy hace sol, como ayer, como todo el mes, pero de golpe llueve... y ahí está todo el cambio.
Pero en el Delta del Ebro la cosa es difícil, rara, sorprendente. En un territorio que antes no existía, las cosas cambian todos los días, pero de una forma sosegada, al ritmo de las aguas.
Detrás de todo está el Ebro, un río caprichoso, el más acaudalado de España. Nace en el Pirineo pero su carácter lo toma de Aragón y Cataluña... bueno, su carácter y todo lo que pilla. Es un gigante que engulle árboles, tierras, polvos, y no los libera hasta que encara su último suspiro. En el momento de extinguirse, en el momento de encontrarse al mar y fundirse con él, como un buen amante, el Ebro despliega todos sus encantos, esos materiales robados con los que crea y destruye este Parque Natural tan insólito.
En unos kilómetros conviven arrozales de esos que uno imagina solo en China, lagunas donde moran los exóticos flamencos, salinas tan blancas y bellas que no parecen nuestras. Estas tierras, polvos y materia vienen de Zaragoza, de Huesca, de los campos catalanes, para unirse en la batalla y ganarle unos kilómetros al mar.
El resultado: tierra adentro todo sigue siendo agua. El aire, el viento, el paisaje... incluso algunos suelos aún son agua: estanques de lodo, lagunas sin escape, donde poco a poco se fueron posando los detritos hasta reconvertirlas hoy en tierras movedizas.
Esto no siempre fue así. Antes no habían ni hombres ni tierra.
Cómo hemos llegado a esto
En el siglo XVII unos monjes trataron de sembrar de arroz el lugar, pero la cosa no prosperó hasta... ¡¡1.900!! Hace solo 100 años que el hombre empezó a instalarse aquí, y lo hizo, como todos los colonos, luchando a brazo partido contra la naturaleza para ver quién mandaba en este lugar. Esta fusión de aguas y tierra es muy fértil, por lo que la gente vino de nuevo a plantar arroz... pero lo mismo que es fértil para el arroz, lo es para los mosquitos, que entonces eran transmisores del paludismo, una enfermedad mortal para muchos.
No cuesta imaginar la cruenta lucha de aquellas gentes por sacar adelante la cosecha mientras la naturaleza se revolvía contra esos "invasores", mostrando la fragilidad del ser humano. Aquella fue una peste buscada y finalmente vencida, pero que dejó clara una cosa: por aquí es la naturaleza la que dicta la ley.
Y es que las cosas son muy distintas en el Delta, una extensión cercana en kilómetros pero alejada en los modos de vida. Dejando a un lado el turismo, la ocupación principal hoy es la misma que hace siglos: agricultura, ganadería y pesca (todo bien delimitado por la leyes que protegen el ecosistema del Parque).
El tiempo fluye entre las gentes como el río: sin prisas, sin bullicio; entre faena y faena, entre el trabajo y la vuelta a casa no hay atascos, solo paseos por playas desiertas. Hechas para la admiración.
NOTAS PARA UN BUEN VIAJE
El ecosistema del parque natural es único y variado. Sus características le han convertido en el "Benidorm" de las aves, un lugar de paso o de residencia cuando vienen los fríos del invierno. Y es que aquí la temperatura media al año está en unos 18 agradecidísimos grados. Patos, flamencos, lechuzas y cigüeñas son moradores habituales, y, para su observación se han habilitado miradores "ocultos" a los ojos de los plumíferos.
En cuanto a los animales, además de los dedicados a la ganadería (cerdos, vacas, gallinas...) y los moradores del los estanques (sapos, ranas, culebras y libélulas) hay una importantes vida en las aguas. La pesca y la caza están también limitadas (aunque en determinadas zonas hay caza libre un día cada dos semanas), y para degustarse observándoles tenemos a nuestra disposición los servicios de algunos barcos y catamaranes.
Por cierto que el tema del transporte no es menor. A lo que más se presta este espectáculo paisajístico es a recorrerlo pausadamente, dejándonos llevar por su laberíntica red de senderos; bien andándolos o en bicicleta. Pero aquí hay que hacer una elección, pues, si no disponemos de mucho tiempo y sí del deseo de no perdernos nada de este Parque Natural tendremos que recurrir al coche ya que hay lagunas y zonas preciosas que están muy alejadas unas de otras.
POR DÓNDE EMPEZAR: Por la Casa de Fusta. Allí está el Centro de Información, donde nos ilustrarán de los mejores itinerarios en función de la época y nuestras intenciones. También el Centro constituye un bonito pedazo de historia del Parque.
Cuando ya se había instaurado el cultivo de arroz, señores con medios y dineros vieron que aquello también era un buen lugar para la caza, así que lograron los permisos y constituyeron una sociedad de caza. Para ello se mandaron construir este refugio desmontable, hecho con madera traída especialmente de Canadá.
La belleza del paraje y su necesidad de una protección efectiva, hicieron que la Casa acabara siendo propiedad del Estado, pero aún hoy conserva lo que se ha convertido en un auténtico museo ornitológico: una muestra de 134 aves de especies distintas; un trabajo que inició "el abuelo Martí" y que fue continuado por sus descendientes durante tres generaciones.
NO OLVIDAR: además de la visera y gafas de sol, los prismáticos son imprescindibles para observar bien a las aves del lugar.
Desde Deltebre, Ramón Muñiz Abad.