La
batalla por el nombre más apropiado
Elegir
el nombre para un niño es algo tremendamente fácil cuando no tenemos el bebé.
Quien
más, quien menos, hemos fantaseado con los nombres de nuestro futuro hijo en
algún momento de intimidad, de relajación, de disfrutar de la pareja. Pero
cuando el niño está llamando para venir la cosa se pone seria, lo decidido
deja de estarlo tanto, y las gracias y cariños de entonces pueden teñirse de
tragedia. "¿Y por qué el nombre de tu madre y no el de la mía? ¿Porque
es más pesada?".
El
niño, nuestro pequeño, vive en el vientre materno felizmente ajeno a esos dos
adultos que ahora, por las buenas o por las malas, tienen que decidir su
etiqueta, el sonido que le va a acompañar el resto de su vida, el nombre
que sus compañeros de clase deformarán para burlarse de él. ¡Es una decisión
de gran trascendencia, sin duda!
Para
mayor gravedad, muchos padres ven que detrás de esto de elegir el nombre está
una decisión que determinará el futuro de su niño. Y es que... ¿cómo va
a tener el mismo futuro si le llamamos Juan que si le llamamos Rigoberto?
Por no hablar del carácter, y de esas abuelas que te avisan, siempre de buena
fe, con un "pero ¡insensato! ¿Cómo se te ocurre llamarlo Daniel? ¿No
sabes que todos los Danieles son unos niños muy revoltosos?".
Así
que, puestos a ellos, ¿qué? ¿queremos que nuestra niña sea el día de mañana
una Patricia o una Mónica? Aun no ha nacido y ya tenemos que decidir su futuro.
PRIMERA
ESTACIÓN: ¿REALMENTE HACE FALTA SUBIRSE A ESTE TREN?
*
En la Grecia clásica, esa donde se inventó la democracia y donde los hombres
de la ciudad ocupaban sus días en reunirse todos y discutir la política, en
ese mundo de filósofos y razón, la gente no conseguía los cargos por sus méritos,
si no que metían en una urna todos los nombres y elegían al azar. Decían que
esa era la mejor elección, "porque detrás del azar estaba la decisión de
los dioses".
Con
la misma muchos padres aun hoy se evitan guerras familiares y estrujamientos de
cabeza poniéndole al niño el nombre del santo que tocaba el día en que
nació. Es una buena forma de evitarse grandes problemas, excepto si a tu niño
le da por nacer el Día de la Constitución, el de Todos los Santos, o, el de
San Romualdo.
*
Otra forma de solventar la papeleta es la de coger a todos los nombres
candidatos, esos sobre los que aun no hay acuerdo, y crear con ellos uno
compuesto. Es recomendable que la selección sea lo más reducida posible
para no aburrir al señor del registro civil, que tiene su horario y no puede
pasarse el día inscribiendo en un pequeño hueco del papel nombres tan sonoros
y bien plantados como "Maria Estella del Carmen de Todos los Santos",
o "Francisco Javier de Enrique de Jesús".
SEGUNDA
ESTACIÓN: RÍETE TU DE LAS DECISIONES DE UNA GRAN EMPRESA
*
Esto de decidir es algo que en las empresas se tiene muy estudiado. Según
los manuales, lo mejor es documentarse y contar con el mayor número de gente
que nos pueda asesorar, y eso incluye a la vecina del quinto, a la portera y
a la charcutera. "Oiga, y mientras me pone ese kilo de tomates, entre Julián
y Javier, ¿cuál le gusta a usted más?".
Sondear
a la familia seguro que animará mucho el ambiente, pero en esto hay que ser
como los políticos y recordar que el referéndum es consultivo, que la decisión
al final la tenemos nosotros y que luego, por favor, nada de caras largas.
*El
consenso. El acuerdo. Ese es nuestro ideal. Lograrlo sería
convertir un problema en una oportunidad más de demostrar lo bien que nos
entendemos, organizamos... ¡y la paciencia que tenemos con nuestra pareja para
todo ello! Pues este es un momento que puede tener fuertes desengaños. Puedes
haberte pasado el día cavilando un nombre que te parece magnífico, lo vas
viendo, lo tienes ya asignado, y cuando llegas a casa y se lo propones a tu
pareja, ésta te mira con un gesto difuso entre el asco y la risa.
Y as
que, siendo sinceros, esto de los nombres no tiene mucha lógica, es cuestión
de gustos y de nuestras experiencias, y armonizar estas cosas tan poco lógicas
entre dos personas no es cosa fácil. A lo mejor a uno “Roberto” le
suena muy bien porque era el nombre de su mejor amigo en la infancia, mientras
que para el otro ese mismo nombre es el de su primer jefe que le hizo la vida
imposible, y, claro, ¿cómo le vas a llamar así al niño? ¡imagínate que se
convierte en un tipo como el Roberto aquel!
*En
cuanto a lo de documentarse, hay excelentes libros y listados en los que
te explican el significado de cada nombre. Es una labor muy interesante, pero
que esclarece muy poco... sobre todo porque si contrastamos lo que dice un libro
con lo que dice otro, la cosa varía. Por ejemplo María puede significar
“gran madre” o “mujer dulce”, mientras que en otras partes es “mujer
rebelde”.
TERCERA
ESTACIÓN: ¿HEMOS LLEGADO YA?
*Para
sobrevivir a este trance nosotros os aconsejamos que tengáis una actitud
abierta y dialogante con vuestra pareja. Si vais a darle el nombre de otro
familiar, tocar el tema con delicadeza; no acaparar para una sola familia el
nombre y los padrinos ayudará en lo sucesivo a evitar pequeñas guerras
civiles soterradas.
Otra
solución es la de hacerse cada uno una lista con varios nombres y empezar a
consensuar con la pareja, cuáles de ellos son válidos y cuales no. Si hay
sentido del humor, podéis hacer de esas listas una sola y “nominar” cada
semana a uno o dos nombres, en plan Operación Triunfo. Corréis el riesgo de
que al final el niño se llame Chenoa o Bisbal, pero puede ser divertido y
emocionante. ¡Hasta podéis decirle a la familia que participe enviando SMS!
Danieles,
Javieres, Robertos, Marías y Julias, en fin, otra opción es volver a los
antiguos, preguntar a vuestros padres cómo lo hicieron para dar con vuestro
nombre, y, si os gusta, continuar con ellos esa tradición.
Recuerda
que lo importante del nombre no será tanto cuál es el elegido, sino que a
todos nos suene igual de bien.