"Vacaciones". Vamos por la vida como bereberes en
el desierto, en busca de un oasis llamado vacaciones. Nos ha costado un año de
esfuerzos llegar aquí, y lo que menos queremos ahora son conflictos, peleas,
broncas. Estamos cansados. ¡Qué no nos cansen más!
Pero él está ahí... con nuestro apellido y su
cabezonería [¿de dónde la habrá sacado?]. Nuestro hijo, el adolescente, se está
haciendo adulto, o eso intenta que nos creamos. La verdad es que cambiar, ha
cambiado. Se ha vuelto respondón, y pelín inaguantable, siempre discutiéndonos
las cosas, diciéndonos [¡él!] qué hacemos mal y cómo hacerlo bien. Y hay que ver
lo que chincha que alguien a quien tu has criado y limpiado los mocos hasta ayer, te ande diciendo todo el rato cómo hay que
hacer las cosas [un momento, ¿no es eso precisamente de lo que él se
queja?].
Él está creciendo como persona, y eso significa que
ahora tiene deseos y opiniones propias, que hay que escucharlas y negociar con
ellas. Antes llegaba el día señalado y le decíamos que preparase unas cuantas
cosas, que nos vamos. Ahora eso ya no vale. Le miras y te preguntas con cierta
fatiga por dónde saldrá ahora y si, como los vikingos, no tendrás que montar una
guerra para alcanzar luego el paraíso vacacional.
Hay que ser optimistas. Si no lo somos ahora en
vacaciones, ¿entonces cuándo?. Empieza por darte la enhorabuena: tu hijo es
independiente, tiene carácter y lucha por lo que quiere. ¿No admiramos esa
firmeza en otras personas? Pues él, aunque tenga "poca idea de lo que es la
vida", parece cargado de confianza y seguridad, lo cual no está nada mal. Nos
hace las cosas complicadas, sí, porque está dejando de
obedecernos.
Ahora está empezando a caminar su propio camino.
Nosotros somos el junco en el que se apoyó para crecer ésta enredadera que
llamamos hijo y que ahora [¡ingrato!] quiere ir por libre. En una
palabra: nos han utilizado, como nosotros a nuestros padres.
¿Recuerdas lo que era para nosotros el verano
cuando teníamos su edad? Tiempo de descubrimientos. Sin las cargas del estudio
se pueden vivir más experiencias, y sin estar en el mismo sitio es más fácil
hacer cosas nuevas, diferentes, que son la salsa de la vida, lo que le da
energía y lo que hace crecer y conocerse mejor al adolescente que todos llevamos
dentro.
"Yo aquellos años, de los 14 a los 17, quería
llevármelo al pueblo, como siempre", cuanta Juan, padre de un hijo que ahora
cumple los 18 años. "Y él, venga todo el tiempo a poner caras largas. Se venía,
pero no hablaba, no participaba de nada. Al final se convirtió en la amargura de
todas las vacaciones". La solución, como siempre, hablar, escuchar, negociar.
"Un día hablé con él, y le dije que esto no podía seguir así, que por qué no era
feliz viniéndose conmigo. Al final, para sacarle un poco lo que pensaba y no me
decía claramente, le propuse que imaginásemos como serían unas vacaciones que a
él le gustasen. Me dijo que él estaría muy contento conmigo si hiciéramos juntos
alpinismo, montásemos a caballo, conociésemos nuevas ciudades, aprendiésemos
parapente o submarinismo, y después por la noche se pudiera ir de juerga hasta
las 5. Que si yo le proponía así las vacaciones él vendría conmigo muy
feliz".
Es bueno que nos acostumbremos a escuchar a
nuestro hijo, ejercicio que hay que tomarse con toda la tolerancia del mundo
pues es fácil que nos encontremos con respuestas como ésta. En lugar de
escandalizarnos, lo mejor es mirar un poco por encima de las palabras. Por
ejemplo, en éste caso, Juan se dio cuenta de que si quería COMPARTIR un tiempo
con su hijo no podía llevárselo siempre a un balneario: lo que para nosotros
es descanso para un adolescente es aburrimiento. Hay que darle
alternativas.
Por supuesto no podemos vivir todos en función
de sus caprichos. Tiene que aprender a ser generoso, y nosotros vamos a
enseñárselo de la única forma que funciona: con nuestro propio ejemplo.
Queremos que nos escuche, así que vamos a escucharle nosotros primero a él. Ya
lo dice el refrán: si quieres que te amen, primero tienes tú que ser amable.
"A los crios de hoy en día les tienes que hacer la cama", cuenta
Alicia, madre de tres adolescentes. "Hay que escucharles, explicarles las cosas
con mucha calma, y si no lo entienden, en lugar de gritar y desesperarnos por su
cabezonería, buscarnos las mañas para que lo entiendan de otra forma". Pues si
vamos a "hacerles la cama", lo primero será hablar con él de sus cambios,
decirle que sí, que entendemos que cada año es más grande y más responsable y
que, en consecuencia, nosotros tenemos que ir cediendo espacio y dejándole
volar... pero también habrá que explicarle que las cosas se hacen poco a poco, y
que, si un año iba de nuestra mano a todas partes, por más que se nos ponga
ahora independentista, tendrá que entender que aún no estemos tranquilos con la
idea de que él vaya a su aire.
Él, con esa confianza ilimitada que derrocha, se
cree ya capaz de todo, y nosotros le tenemos que decir que aún no lo es, pero
que ese es el objetivo. Y para conseguirlo, le iremos dejando asumir más
libertades cada año que pasa.
Ésta es una carrera que tiene tres grandes
etapas:
1. La guerra de las horas: cuando son las 11 en tu reloj no
lo son en el suyo.
En el ajedrez, el primero que mueve ficha tiene
ventaja. Tienes que hablar de los horarios y fijarlos ya mismo. Recuerda:
cada año tiene que asumir más libertades, así que éste año tendremos que
dejarle salir más, ver como responde, si se mete en problemas, si nos cuenta lo
que le pasa. Hay que ir aceptando que si sale por la noche es normal que por
la mañana tenga sueño; claro que él también tiene que entender que ahora que
tu puedes, te gustaría pasar más tiempo con él, que colabore con las cosas de
la casa (porque todos estamos de vacaciones, y no solo el señorito). Lo
mejor es establecer una hora de entrada a casa y luego otra para levantarse. Si
tenéis la sana costumbre de comer juntos, eso hay que respetarlo. Aunque quiera
pasarse las vacaciones estando "por ahí", "con mis amigos", debéis hacerle ver
que tiene un sitio en la familia, un lugar irremplazable, y que cuando no cumple
con él se le echa de menos. Es normal que pase más tiempo con sus amigos que con
nosotros, y no debemos sentirnos desplazados por ello, pero debe haber tiempo
para todo.
Lo más importante: si cumple, se le irán
permitiendo más libertades. Eso tenemos que entenderlo las dos
partes.
2. ¿Puede venir mi amigo? La familia y uno
más.
Aquí a muchos los esquemas se les rompen. Y es que
estamos poniendo en una balanza la intimidad familiar, y en la otra, el poder
llevarnos a nuestro hijo y tenerle contento. Tiene que ver que para nosotros
esto es una cesión en todo punto, y que más le vale a él (y a su amigo) portarse
bien, si quieren que ésta no sea la primera y la última vez. Para que entiendan
los dos la importancia y trascendencia que tendrá su comportamiento deberías
hablar con los padres de su amigo. Adelante con la libertad, pero hay que ser
muy conscientes y responsables.
En éste caso, además, estamos poniendo las
condiciones para tener que encarar otro problema en el futuro. Y es que si
aceptamos que uno de sus amigos ya puede venir con nosotros, tenemos que
hacernos a la idea de que nuestro hijo, la próxima vez, puede plantearnos si le
dejamos irse a él con la familia de su amigo. ¿Está ya preparado para
ello? Porque él no va a entender que sea menos que su amigo.
3. Nos dejan una casa y... La familia y uno
menos.
Las vacaciones también pueden ser un pequeño ensayo
de lo que es tener una vida independiente (o de lo que sería ésta sin la plaga
del trabajo). Si tu hijo ya ha demostrado cierta madurez, el que le dejemos irse
de viaje con sus amigos no debería ser un problema. Es más, deberíamos animarles
a ello, a que salgan y viajen, a que conozcan otros lugares, incluso en el
extranjero, incluso trabajando para ello. Todas ellas son experiencias que le
permitirán conocer mejor el mundo que le espera ahí fuera, y lo valioso e
importante que son esas cosas que ahora tiene (una familia que le cuida y le
quiere, unos estudios,...). A veces uno tiene que salir fuera para darse
cuenta de lo que tiene dentro.
Eso sí, hay ciertas cosas que debemos acordar. Y es
que, si las vacaciones de verano son el único momento que tenéis para
reuniros con los tíos y los abuelos, hay que hacer lo posible para respetar ese
contacto. Para ello podéis proponerle que os acompañe unos días para ver a
la familia, aunque luego se marche él en autobús.
Dejarle marchar y vivir a su aire es el sueño
dorado de todo adolescente. Pero los sueños, ahora y siempre, hay que
trabajárselos. Lo primero es que él haya cumplido con sus estudios y con la
familia durante el año. Y lo segundo es ver cómo se va a pagar el viaje.
Nosotros a lo mejor podemos ayudarle dándole el dinero que nos hubiéramos
gastado en él si nos acompañase, pero a lo mejor necesita un extra, y, si
nosotros no podemos dárselo, tampoco le vendrá mal que él trabaje para pagarse
esa independencia. Al fin y al cabo, así es la vida, y nuestra función es
prepararle para ella.