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El esfuerzo, el resultado, y la falta de todo ello: los cates


Entrevista a Manuel Ariza, orientador del I.E.S.O. José Hierro

Llega la Semana Santa y antes del calvario de las procesiones viene el de las notas. No importa la edad del hijo: una mirada al suelo, un constante cambiar de tema o ese repentino interés por agradarnos a todas horas son señales de que algo malo se nos viene encima.

Porque al igual que los éxitos de nuestros hijos nos enorgullecen, también sus suspensos son nuestros. Y no nos gusta para nada suspender. Así que, con el enfado o después de él, sabemos que algunas cosas tienen que cambiar. Pero, ¿cuáles?, ¿hay aún tiempo?, ¿cómo lograr que nuestro hijo se ponga de una vez las pilas con los libros? Manuel Ariza, orientador escolar, trabaja poniendo un poco de luz en éstos problemas.

La acción es manos o menos así: llega el niño con un nudo en la garganta, nos deja un papel en la mano y de repente se nos empieza a caer el mundo a base de suspensos. ¿Qué se le puede decir a un padre cuando recibe un boletín lleno de suspensos?

Ante todo hay que pensar que las notas son el resultado, y que no tenemos que juzgar a nuestro hijo por el resultado, sino por el esfuerzo que haya hecho. No hay que castigar o premiar según las décimas que saque en un examen, si no por el tiempo que le dedique a prepararlo.

Muchos padres (y también sus hijos) cuando reciben malos resultados en el segundo trimestre, comienzan a pensar que la batalla está perdida.

Eso depende de cada caso. Lo que está claro es que si ha suspendido todas las asignaturas por segunda vez es casi imposible que logre aprobar todo en junio, pero eso son situaciones muy extremas. Si hay varios suspensos quizás sea porque no hayamos inculcado un hábito de esfuerzo en el chico, y cuanto antes lo hagamos mejor, porque adquirir ese hábito le va a servir mañana, pasado, y el año que viene.

¿Cuál es la receta que tú les das a los padres para que consigan que sus niños se pongan a estudiar?

Como en todo, no hay fórmula mágica y depende de cada caso. Pero esto es como en medicina: lo primero y la clave del mejor éxito está en la prevención, en hacer las cosas bien, con tiempo y día a día. La familia debe tener muy claro qué valores quiere enseñarle a su hijo y qué dedicación está dispuesta a darle para conseguirlo.

Yo creo que hay cuatro puntos claves.

Primero: la familia debe exigir lo que el chaval puede dar. No se le puede pedir más y eso hay que saberlo; no todos los niños nacen con la capacidad de traerte sobresalientes. Pero si llega hasta el notable, o hasta el suficiente, eso hay que exigírselo.

Segundo: debes controlar lo que hace realmente, para que lo que haga se ajuste a lo que le estás exigiendo. ¿Quieres que apruebe? Entonces pregúntale a diario qué le han mandado. Hay que ser constante en esa vigilancia incluso en las primeras fases de la adolescencia. Mientras no madure necesita que le controlen.
Cuando ves que él ya se crea sus propios hábitos de estudio y se pone a ello sin que nadie le diga nada, es cuando hay que ir aflojando. Pero si no hay buenos resultados nunca debes dejar que se encargue él solo de sus tareas, por mucho que haya crecido en edad.

¿Y los otros dos puntos claves?

Pues que ese control se dé en un clima de afectividad y que haya comunicación entre padres e hijos. Estos dos últimos puntos son la base de todo lo demás, y sin ellos nada tiene sentido. No puedes vigilar y controlar si no le das calidez al chaval, porque entonces lo va a entender como un enfrentamiento y una agresión en lugar de una ayuda. Y si no te comunicas con tu hijo, si no hablas con él de sus metas y sus necesidades, difícilmente podrás darte cuenta de hasta dónde le puedes exigir.

Un problema con el que acuden bastantes padres se da por todo esto, porque hay control, exigencia, afectividad, pero no comunicación. Muchos chicos llegan a mi despacho con unos niveles de ansiedad increíbles, se deprimen muchísimo si no consiguen las notas que desean. Suele ser porque crecen en un ambiente que les exige demasiado. Salen del colegio o del instituto y me cuentan que tienen todas las horas ocupadas con actividades extraescolares y los deberes, que sienten que no tienen vida ni tiempo para sus amigos. Eso es un error. El niño tiene que tener tiempo para sus amigos porque con ellos también crece y se desarrolla en cosas que no se enseñan en ninguna clase. Es cierto que algunos chicos sí pueden pasarse todo el tiempo en ese tipo de actividades porque allí tienen su círculo y en cierta forma se divierten más así que haciendo otra cosa. Pero no todos los chicos son así.

Tu has dicho que hay que estar encima del crío, vigilándole constantemente sobre los deberes que le han mandado, si los ha hecho... pero hay muchos padres que son un poco lo contrario de lo que acabas de contarnos. Cogen a su hijo e intentan explicarle que, al fin y al cabo, las notas son suyas y el futuro que está labrando es el suyo. De ésta forma intentan desarrollar un sentido de la responsabilidad en el hijo.

Precisamente hace pocos días me llegó una familia que se corresponde a lo que dices. Los padres le dejaban hacer, confiaban desde siempre en el niño, dejaban que se metiera en la habitación y no le controlaban. Poco a poco el chaval va dándose cuenta que basta con meterse en su cuarto para que nadie le diga nada, y así va bajando su rendimiento año tras año, porque aunque estuviera en su habitación se dedicaba a otras cosas que no eran el estudio: videojuegos, películas... Todo esto va sucediendo durante varios años. El día en que sus padres empiezan a preocuparse hablan con el chico y éste les manipula diciéndoles: “oye, que esto es cosa mía y tenéis que dejarme”. Y ellos ante esta respuesta se apartan, por que tienen pánico a sobreproteger a su hijo, y piensan que si se preocupan más le pueden perjudicar...

Unos padres me dices que están muy encima pero hablan poco, otros hablan pero no están encima. Es que es muy difícil saber cuál es el punto de preocupación y control justo.

No hay que obsesionarse con eso porque todo es mucho más sencillo. Tienes que coger a tu hijo y decirle que le vas a seguir controlando porque es tu hijo y es tu responsabilidad que salga adelante. Si no lo haces tú no lo va a hacer nadie. Tienes que decirle que si quiere que no le controlen tiene que demostrar diariamente que está trabajando. Los niños no nacen trabajadores, ni lo aprenden en la televisión o en las videoconsolas. Tienes que enseñarles tu ese hábito. Y no es difícil.

Si siempre exigimos en función de lo que puede dar, y cumple, y le recompensamos por ello, al final él mismo entra dentro de la inercia de la responsabilidad y acaba siendo él quien dice “pues hoy me he ganado salir un rato, o no”. Pero eso primero viene desde fuera, no nace espontáneamente.

Nos has hablado de medidas preventivas y de una manera de educar que es constante. Pero ahora, cuando las notas llegan y solo queda un trimestre hay que tomar medidas urgentes. Aunque no sabemos cuales son las más eficaces.

El otro día una madre nos comentaba que, como su hijo había sacado malas notas en el primer trimestre, le castigó durante el siguiente sin poder salir. Pensaba que así le daba motivos más que suficientes para que se aplicara, pero resulta que hablando con la tutora supo que su hijo va a repetir los mismos suspensos que antes.

Castigar indefinidamente o a largo plazo es absurdo. Quizás ese chico no sabía cómo estudiar, se le exigió aprobar todo y como vio que no llegaba, tiró la toalla y se dejó llevar día a día sin luchar mucho más allá: “¿para qué, si voy a suspender de todas formas?”.

Hay que tener un control todos los días. Eso implica que tú, como padre, vas a tener que trabajar más, pero sólo así conseguirás que tu hijo vaya sacando todas las asignaturas. Cada padre debe decidir cuánto le importa las notas de su hijo y en consecuencia cuánto está él mismo dispuesto a trabajar por conseguir que su niño tenga éxito en los estudios. Depende de nosotros los adultos más de lo que creemos.

Tienes que planificar el tiempo cada día, con unos objetivos que son de ese día. No puedes decirle que habrá un premio o un castigo dentro de tres meses. Con los críos tiene que haber una relación más directa entre su conducta y las consecuencias de ésta. Si premias el esfuerzo de un día, el chaval aumenta su seguridad y las ganas de estudiar también al día siguiente. Solo así se refuerza la actitud del estudio.

Los objetivos a largo plazo están bien para ti, pero no para una mente que no ha madurado lo suficiente como para saber demorar la recompensa: si coges a un bebé y le dices que si se porta bien a lo largo del día le vas a dar una golosina, lo único que conseguirás es que se ponga a llorar y patalear hasta que se la des. Los niños van creciendo, pero la constancia y la paciencia es algo que van aprendiendo muy poco a poco.

Esto no debería ser desalentador, porque está comprobado que cuando las cosas se hacen bien, siempre se mejora. Claro que para ello tiene que participar todo el entorno: los profesores, el padre y la madre (que deben estar de acuerdo en la forma de educar al hijo si no quieren mandarles instrucciones contradictorias), los hermanos... Eso y que vea que el esfuerzo de cada día tiene premio en el mismo día.

Estás hablando de recompensar todos los días, lo cual está muy bien. Pero el problema puede darse ahora, cuando te encuentras con malos resultados y le has dado de todo al niño: salía, tenía paga, cierta libertad para organizarse...

Lo ideal es dar en función de lo que va cumpliendo. Pero si ya le hemos dado todo, hay que ir a lo que le gusta. Ahí entra la comunicación, para saber qué es lo que más le importa. ¿Salir los fines de semana? ¿Tener cierto dinero para comprarse sus cosas? No hay que quitar nada, hay que condicionarlo al esfuerzo que vaya demostrando. Si ha estudiado durante la semana se ha ganado el derecho a salir con sus amigos el sábado. Todos los padres, a poco que se comuniquen con sus hijos, saben cuales son esas zonas débiles que al tocarlas hacen que el niño reaccione.

El castigo no debe ser una venganza por el disgusto que nos haya dado, sino una medida necesaria para educar. Si lo que queremos es que estudie, en cuanto le veamos que cumple, el castigo debe transformarse en un premio; que en el caso del que hablamos sería dejarle hacer lo que ya hacía antes, pero verás como ahora que tiene que “ganárselo” con esfuerzo lo valora más.

Por último, y ya que eres orientador escolar, quería preguntarte a partir de qué edad las notas empiezan a ser importantes; quiero decir en cuanto a cerrarse puertas de cara al futuro. Con tanto cambio en los planes de estudio, muchos padres estamos algo perdidos y no sabemos si en unos cursos la nota que saques te va a impedir hacer determinados estudios el día de mañana, o basta con ir sacándolo todo aunque sea con “sufis”.

La importancia de las notas las vamos marcando los padres. Cuando son pequeños digamos que la manera en que los niños perciben las cosas depende de nosotros. Si les decimos que son importantísimas él se lo va a creer a pies juntillas. Por lo menos funciona así hasta la adolescencia, donde los chicos van madurando y se van creando sus propias ideas.

Pero a nivel académico podemos decir que las notas bajas no tienen consecuencias prácticamente hasta 1º y 2º de la E.S.O. A partir de ese momento las notas ya implican que titules o no, es decir, que puedas hacer bachillerato, o tengas que empezar un programa de iniciación profesional.

En 4º de la E.S.O. los profesores se reúnen en un consejo orientador que valora la trayectoria del alumno y sus posibilidades para el futuro. Hay alumnos que aunque titulen no se les recomienda que hagan bachillerato porque la E.S.O. la han sacado con mucha dificultad y pueden tener más problemas si continúan ese itinerario. De todas formas hay que resaltar que se trata solo de la opinión de los profesores y que ésta no impide que luego los alumnos hagan lo que quieran con el acuerdo de los padres.

Texto: Ramón Muñíz Abad

Imágenes: María Casado Lafuente

 

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