Jugar juntos, el
mejor modo de conocerse
Se
acerca al balón y puede sentirse un jugador de primera división o un chico al
que para tener amigos no le queda más remedio que jugar al fútbol. Coge las
pinturas y se pone a dibujar el mundo como lo ve él. ¿Por qué dibujó ese
coche tan grande y a la gente tan pequeña? Se reúne con los compañeros para
pasar la tarde con un juego de mesa. Todo va bien hasta que de repente estalla
la guerra: un niño, concretamente el que iba perdiendo, dice que las reglas son
injustas, que los demás le hacen trampas. O cambian las cosas o se lleva el
juguete a casa.
Para los niños
el juego, más que una forma de evitar el aburrimiento es una manera de
expresarse. Compitiendo o colaborando, luchando o estableciendo reglas, los
niños nos dicen mucho de lo que piensan y de cómo quieren relacionarse con los
demás.
Esto es algo que los
expertos en infancia conocen y están empezando a aprovechar. Cada vez más los
profesores intentan buscar formas de enseñar que sean divertidas. Los psicólogos
no cogen a un niño y le preguntan por los problemas que ve en su casa; le dicen
que dibuje a la familia en el hogar y después comentan juntos el dibujo.
Incluso algunos médicos dedican sus esfuerzos a inventar juguetes divertidos
con los que un niño pueda superar determinadas deficiencias.
Como padres no
podemos pasar por alto las grandes posibilidades de comunicación y encuentro
que nos da el juego. Aquí no valen las excusas de que “estoy cansado después
de tanto trabajo”. Jugar con un niño es igual o más relajante y divertido
que ver la televisión. No es una actividad que requiera esfuerzo, pero sí
ganas.
Darle un juego al niño
y dejar de preocuparnos un rato es necesario en algunos momentos, pero no debe
ser la norma habitual. El juego no nos libra de el niño, nos muestra cómo
es, qué es lo que le hace disfrutar, qué capacidad tiene para inventar y
buscar soluciones creativas, si le cuesta tomar decisiones...
Respecto a todas éstas
situaciones tenemos nuestras opiniones. Nuestra forma de encarar las cosas la
hemos conseguido tras vivir unos años y experiencias que él todavía
desconoce. Hay que compartir nuestra forma de ver y de pensar las cosas, y no
encontraremos ningún momento en el que el niño se muestre tan relajado y
dispuesto como cuando se está divirtiendo.
Cualquier momento
puede ser bueno para hacerlo especial juntos. Una cola del supermercado, un
paseo por el campo o el camino hacia el colegio, una pelota de papel, unas
piedrecillas o la distancia entre una calle y la siguiente... como recuerda el
reciente informe “Jugar en familia” de la fundación Crecer Jugando, “el
juego puede nacer de cualquier momento, de cualquier circunstancia y en
cualquier espacio”.
Una de las claves está
en la imaginación. De repente somos exploradores, madres, policías, indios...
salimos de nuestra realidad y ensayamos otras situaciones, lo que nos permite
aprender de ellas. Pisar la luna, ser marinero, inventor, modelo, bailarina...
todo ello puede ocurrir en la cabeza de un niño y todo ello le fuerza a
imaginar, elegir entre distintas opciones, probarse y aprender con la nueva
experiencia.
Es necesario terminar
con la creencia de que el juego es una “pérdida de tiempo”, algo solo para
niños. Puede parecer una opción seria, pero lo más
responsable con nuestro hijo es acercarnos a él y pasar el tiempo juntos. Difícilmente
nos entenderemos con nuestro niño cuando sea adolescente si en su infancia no
hemos sabido compartir y divertirnos juntos.
El juego es algo
natural e innato en el niño a través del juego
el desarrolla sus sentidos, su creatividad, comparte y aprende nuevas
experiencias. Los nuevos y sofisticados juguetes han perdido esta
capacidad, el niño en lugar de ser un miembro activo ante un determinado juego,
se convierte en un espectador pasivo, ante las maravillas que es capaz de
realizar el carísimo juguete que acabamos de adquirir. No es que no tengan que
tener acceso a los nuevos juguetes de su generación, pero no podemos olvidar
que hay pocas cosas que reconforten más la autoestima que un coche creado por
el mismo, a través de una caja de cerillas y unos corchos, o una muñeca de
lana con los ojos de botones.
No todos los padres
tenemos la misma capacidad para jugar con un niño, ni el mismo tiempo, ni la
misma creatividad. Jugar es un habito que se aprende con la experiencia,
te sorprenderá las capacidades que comenzaras a desarrollar a medida que juegas
con tus hijos. Ellos además te ayudaran mucho, por que ver de pronto a papá
convertido en un indio apache, les resultará tan divertido, que comenzaran a
crear situaciones en las que tu serás su protagonista absoluto. Con situaciones
como esta, el niño ve en sus progenitores a personas capaces de divertirse con
ellos, y esto sin lugar a dudas es un motivo de orgullo incomparable con ningún
otro, ya que sus papás deciden pasar su tiempo libre disfrutando con ellos.
Con el juego, no solo
conoces la forma de pensar de tu hijo, además refuerzas su autoestima,
ya que el se siente protagonista de tu vida. En la mayoría de los casos esto es
una realidad, no una sensación, ya que la mayor parte de nuestras
preocupaciones en esta etapa de la vida, están relacionadas con ellos, que
colegio elegir, que actividad extraescolar, necesita refuerzo en matemáticas,...
¿Porqué, no demostrarles entonces, que realmente su desarrollo psicológico es
para nosotros tan importante como su desarrollo físico?. Y ¿qué pasar parte
de nuestro tiempo libre con ellos es una experiencia que nos encanta, por que
ellos son tremendamente interesantes?.
Un motivo más:
ante el juego nos reencontramos con la diversión y la relajación que el
trabajo y las preocupaciones nos hacen descuidar. “Jugar es para el hombre una
buena manera de no olvidar su identidad. Al volver a jugar, recuperamos
funciones que la seriedad y las responsabilidades de la edad nos han robado”.
Si no eres de los
creativos, capaces de desarrollar mil y una aventuras a partir de un guante, no
te preocupes en nuestra sección de Juegos te ayudamos con distintas opciones.
Texto:
Ramón Muñíz Abad
Imágenes:
Maria Casado Lafuente