Llegas
a casa desde hospital con un pequeño ser humano en los brazos. Un momento
que durante todo el embarazo habías soñado como mágico y que ahora se queda
en “muy especial”. Bueno, estás cansada y los puntos no te dejan ser tu
misma. Dejas a tu bebé con todo el cuidado del mundo en su cunita, (¿me habían
dicho boca arriba?, si eso es, siempre boca arriba), te sientas, como puedes, en
tu cama y miras con una sonrisa bobalicona a tu alrededor. De repente, escuchas
un ruidito que no relacionas con tu casa. Algo así como un maullido que en un
segundo se convierte en un llanto desgarrador.
El bebé
está llorando y tu sonrisa se queda congelada.
Te asaltan dudas, te parece que no has atendido a las explicaciones y
consejos de enfermeras, pediatras, matronas, abuelas, amigas y demás pobladores
de una habitación de madre recién estrenada.
Bienvenida
al club. Llegar del hospital a casa con un bebé recién nacido crea momentos de
verdadera angustia. Simplemente no sabes que tienes que hacer, no
entiendes que le pasa a tu hijo, no te encuentras precisamente en forma y encima
estás sola porque han ido al súper para llenar la nevera absolutamente vacía.
Tenemos una buena noticia y otra mala. La buena es que todo el mundo ha pasado
por eso, que se sobrevive y que tu hijo hace lo que tiene que hacer: llorar para
darte a entender cualquier necesidad. La mala es que las dudas sobre si lo estás
haciendo bien no terminan ya nunca. Aquí vamos a intentar echarte una mano con consejos
generales sobre los primeros días que han funcionado a todas las mujeres
del mundo y en segundo lugar vamos a desechar creencias y prácticas populares
que no benefician ni al bebé ni a ti.
No
quieras hacer todo tu: sin darse cuenta hay
mujeres que de forma automática intentan que desde el primer día todo esté
como antes y además cuidar al bebé. Esto es: la casa limpia, la nevera
llena, la ropa planchada, los horarios ordenados, y ellas contentas. Esto
es imposible porque cuidar a un hijo recién nacido y recuperarte de verdad de
un parto es uno de los trabajos más cansados del mundo. Hay que delegar,
si tienes la suerte de tener una señora que te ayuda, una madre que te acompaña
o un marido colaborador, debes entender tú y ellos que realmente no llegas a
todo. Si no puedes encargarle las cosas a otro, simplemente no lo hagas.
No pasa nada porque durante unos días la casa esté un poco más revuelta, la
ropa se acumule sin planchar o vayáis comprando en la tienda de abajo lo
necesario para el día. De otra forma lo más probable es que te encuentres un día
llorando y no sepas porqué. El cansancio, la falta de sueño, la nueva
responsabilidad y la ansiedad de hacerlo bien no combinan bien.
Te has
deprimido: la mayoría de las mujeres piensan
que ellas no van a pasar por la depre posparto. Y esta llega, normalmente en los
primeros días aunque puede aparecer bastante más tarde, sin aviso ni
aparente causa. Una depresión en toda regla que te hace llorar por todo,
que convierte pequeños problemas en enormes escollos, que te refleja en el
espejo con tripa, ojeras y desaliño, y lo que más te preocupa: te hacer tener
sentimientos encontrados hacia tu bebé. Lo primero que debes hacer en contárselo
a quienes te quieren, hablar siempre ayuda. No te avergüences, ahora tienes un
baile hormonal sumado a un cansancio físico y síquico que desencadenan este
estado de ánimo. Poco a poco todo volverá a su estado normal y te reirás
de ti misma. Intenta dejar al bebé con alguien de absoluta confianza durante
unas horas, las que te permitan las tomas si estás dando el pecho, y haz algo
que te distraiga y relaje. Si te entra un bajón muy fuerte, come un
poquito de chocolate, es un antidepresivo natural y no estás ahora mismo para
pensar en los kilos. Y si ves que realmente la situación se te está
escapando de las manos, habla con tu ginecólogo. Ni va a pensar que eres una
mimada ni que estás loca. Y para terminar: no todo el mundo siente un amor
absoluto, irrefrenable y apasionado desde el primer segundo por el bebé recién
nacido. Muchas veces se tiene un sentimiento de protección que te hace cuidar y
besar al niño por puro instinto pero que te hace dudar de tu capacidad para
amarle realmente. No te preocupes ni te atormentes, todo llegará.
Y en muy poquitos días, puedes estar segura.
Tienes
dudas: sobre la alimentación, no sabes si se
queda con hambre, si llora por cólicos o por tu culpa, si ese color de piel es
normal, si el ombligo está secándose correctamente, si debes bañarle ya, si
debes darle agua, si ésta debe ser mineral o hervida, si llora demasiado o
demasiado poco, si debes despertarle por la noche cuando le toque la toma o si
debes dejarle dormir, pero entonces, ¿hay límite de tiempo?... Tenemos la
respuesta a todas tus preguntas: llama a tu pediatra. Muchas veces las
dudas tienen aterradas a las madres que a su vez no llaman al médico del niño
porque les parece que ya llamaron ayer y que están siendo unas pesadas. O peor
aún: se lo preguntan a su madre o amiga que siempre tienen las respuestas. Cada
niño es un mundo pero si alguien sabe de pautas generales es un pediatra.
Piensa que el pediatra de tu hijo va a ser una persona a la que vas a ver
durante muchos años con bastante frecuencia. Debes tener plena confianza en
él y si realmente se molesta porque eres de “esas madres histéricas”,
quizá debas buscar otro compañero de viaje que te entienda mejor no sólo a
ti, sino a cualquiera que pase por el trance de ser madre por primera vez.
Te
gusta tenerle en brazos: pero todo el mundo te
dice que le estás mal educando. Un bebé
pasa de estar dentro de su madre a estar en una cuna. Parece normal que el escalón
intermedio para irse acostumbrando al mundo exterior sea los brazos, ¿no?.
A un niño recién nacido ni se le educa ni se le mal acostumbra. Si llora es
porque le pasa algo. O tiene hambre, o frío, o calor, o un gas o, y esto
es fundamental para esas conexiones de neuronas que a una velocidad de vértigo
se están haciendo en su pequeño cerebro, necesita imperiosamente el olor
y contacto de su madre. Y es que lo más importante para que un bebé esté a
gusto y sea feliz es sentir el cariño, la protección y las caricias de
lo que hasta hace muy poco era su propio cuerpo. O bueno, para que no haya
susceptibilidades, de su otra mitad, su padre.